miércoles, 30 de mayo de 2012

"Mi Primera Digital"


Homenaje a Diane Arbus por Leandro Piñeiro
Música de Frederic Chopin - Nocturne In E-Flat Major, Op.9 No.2

lunes, 28 de mayo de 2012

"El Método Pirata" Nuevo Capítulo Adelanto del próximo Libro: "El comienzo de las 4 estaciones" (1er. ejercicio teórico)


    
      “El Método Pirata”

     

     
    “El Método Pirata” es un método plenamente opuesto al que acabamos de describir. Su sentido se da, exclusivamente, cuando confluyen en quien lo practica dos factores esenciales: convención y violencia. El primer factor guarda estrecha relación con la forma convencional de fotografiar, la cual se define, según Arturo, por el gesto de apoyar la cámara fotográfica sobre el ojo; mientras, el segundo factor, se refiere a la forma dura y direccionada de proferir esa acción respecto de la forma registrada. Entonces aquí la cosa se empieza a complicar un poco. Pues, siguiendo la idea de Arturo, las consecuencias directas que surgen de esta práctica serán: proviniendo del acto convencional, la cancelación de la visión panorámica, por la respectiva colocación del parche en el ojo ciego, y a partir de allí, lógicamente, la consecuente pérdida de la mitad de las probabilidades visuales; y, como consecuencia de la acción violenta, la obstrucción directa de la fluidez, por una manera circular, viciada y abrupta de golpear y ser golpeado.     
     Según Arturo, por la aplicación constante e irreflexiva de esta práctica metódica -tan arraigada por cierto- (y que sólo se establece en virtud de las formas precedentes), la cámara ya no es lo que pareciera ser: ésta así se deforma sobre sí misma, tomando la forma de un garfio que, al acercarse a uno de los lados del rostro, rasga y hiere peligrosamente la cualidad que el ojo tiene de ver y de crear imágenes. Es entonces cuando ese ojo, que parecía mirar expectante y reseco por el tan anhelado -y para algunos “mágico”- instante, se cubre de sangre; mientras el ojo que permanece clausurado, como respuesta a la dureza de la convención -justamente por tener que estar al servicio del ojo en peligro-, es el ojo que se pierde la mayor cantidad y calidad de las formas puras.
     Estas mismas formas son aquellas que, por su superficie limpia y su reflejo directo, no consiguen llamar la atención del inescrupuloso pirata. Entonces, por la interferencia que esta presión ensangrentada produce en la visión, este actor convencional deja de considerar a uno de los puntos de vista que componen la visión total. Es decir, concientemente el pirata tiene por costumbre considerar a uno de los espacios latentes como un sector improbable, podríamos interpretar, como una zona “descartable”.    
     Entonces, asumiendo que este ojo rasgado no puede concebir las cosas que ve de otra forma que no esa roja y compleja manera de comprender el mundo -justamente por ese velo de color que la sangre forma entre el ojo y el mundo-, y el otro ojo, insuficientemente desarrollado por un constante guiño funcional a la dureza, no puede registrar más allá de la profundidad que antecede a su falta de luz, y sabiendo además que el pirata ambiciona capturar todo lo general en perjuicio de lo fragmentado, nos preguntamos, ¿puede entonces esta mirada aflorar y reproducirse por fuera del rectángulo?, ¿puede caber tanto en tan poco lugar?
     Es muy posible que esta negación de la totalidad intente reducir a escombros todas las irradiaciones de las formas que sí piden, fotogénicamente hablando, ser respetadas en sus reivindicaciones y afectos más íntimos y cambiantes. Ahora, si esto resulta tal como lo describimos, ¿podemos seguir hablando de “una mirada”? o ¿deberíamos más bien hablar de “tiro al blanco”?
     Para el pirata, todo lo que manifiesta un interés especulativo por obtener el control absoluto del resultado, permanece quizás encerrado en su propia metodología del rechazo; mientras en el resto de los procedimientos visuales, tengan el mecanismo que tengan, cuando éstos carecen de motivaciones violentas, sucede que todo lo que manifiesta un interés por comprender y aceptar estas irradiaciones, conjuntamente con sus ritmos naturales -tal cual éstos se suceden repentina o intermitentemente-, entonces, todo permanece atento, discreto y perseguidor.
    
     El pirata se desvive por protagonizar y representar esta aparente e ininterrumpida celebración de la convención. En su genealogía metodológica no se encuentra rastro alguno de cuestionamiento, o de planteo filosófico agudo, que pueda generarle sucesos originales, experiencias que lo hagan siquiera dudar respecto de la culminación de esta fiesta tan concurrida. Por lo tanto, su desgracia metodológica le exige perder de vista al otro punto, y por ello descartar e ignorar el cambio. El pirata se ve exigido a despreciar siempre la mitad que le falta y que -según él- “inmerecidamente” el otro posee.
    
     Ahora bien, se cae de maduro -por este afecto tan duro- que toda expresión o intención de crear que pueda resultar de este automatismo queda nivelada a una sola fase de la experiencia fotográfica; es decir, a un unívoco concepto: el camarógrafo debe observar, a través del visor de su cámara, aquello que quiere que ésta registre en post de su propio beneficio, y debe además mirar sin corrimientos de las líneas que puedan determinar la exclusión de cabezas o extremidades inferiores. Todo debe estar contenido dentro de los lineamientos que él acepta como los arquitectos preconcebidos para orientar sus visiones. Y es muy curioso lo que sucede a causa de la implementación de este método, pues sabemos que cuando uno de los dos ojos sangra por el rose del afilado metal, el afectado se coloca el parche en el ojo dormido.
     Es evidente para nosotros que, a través de este inacabado proceso de concentración y enfoque, y la consecuente herida que no quiere hacer sanar, el pirata también reproduce para sí mismo -aunque ya resignado por la pérdida de la generalidad del resultado- el fragmento de la visión del mundo exterior con el cual se conforma y complace, así como también reafirma el color y la efervescencia de las formas que él prefiere degustar. Y, en un sentido, todo esto lo hace incansablemente, como si buscara perfeccionar todas sus miserias, a través de numerosos intentos, para que de algún modo pueda él gozar de motivos cada vez más explosivos. Asimismo, y de manera implosiva, por esta desviación de la parte del deseo que lleva al pirata a negar el significado de su propia realidad, no debemos entonces equiparar nunca en este análisis -si es que hemos intentado francamente desde que comenzamos con este ejercicio distinguir lo bueno de lo malo, lo nuevo de lo ajado, lo tranquilo de lo violento, lo duro de lo blando- el parpadear natural de los dos ojos a la intemperie, con la oscura ceguera de uno y el obturar con sangre del otro.
     Pareciera que así lo que el pirata se propone es registrar únicamente aquello que hay de escabroso y de mutilado en la superficie de las formas. Quizás por eso la mejor definición que podríamos ensayar de este hombre violento y tradicional es que es un materialista de la miseria. Y dicho sea de paso, por este filtro que él coloca entre su visión y el mundo, nunca tendrá el valor ni la rara ocurrencia de encarnar propiamente alguna de las figuras incluidas en sus imágenes. De quien así proceda, entonces, no habría de conocerse otra intención más que la de querer representar la manera parcial de percibir, y por ello se habrá de percibir también, en la superficie de su imagen, una parálisis orgánica de la forma representada.
     Entonces, trataremos en este capítulo de ver qué sucede en estos casos, cuando se viene dando (desde hace tiempo atrás) una reparación constante de las hormonas que favorecen el romance que estas obturaciones violentas tienen con las intensidades de vida de sus propios autores, y que no hacen en verdad, con su negación, otra cosa más que rechazar el advenimiento de nuevos niveles de conciencia, escalas que favorezcan el desarrollo natural de la disciplina en cuestión.
    
     Para empezar con esta observación indaguemos un poco en la psicología más básica del pirata. Veamos entonces que, en el plano de las relaciones directas dadas entre el sujeto (camarógrafo) y el objeto (la cámara), comúnmente lo que sucede es que si en los primeros estados que se derivan del encuentro personal entre ambos no es posible que el primero pueda pensar sin tener en cuenta al segundo, se tratará de ver -para salvaguardar la presunta relación incondicional- si es posible que el sujeto pueda aunque sea conformarse, es decir, pensar y accionarse a sí mismo gracias a la cámara. Lo que para Arturo, inmerso en la práctica de un método floreciente y poco convencional -y atravesando procesos creativos mucho más despojados de las fascinaciones que en algunos produce tal objeto-, se da totalmente a la inversa. Sucede que justo en el momento en que nace el pensamiento, aquel que más adelante será ordenador de sus respectivas visiones, su cámara esta distante y, casi siempre, en un estante. Es decir, según este criterio, se empieza primero por el pensamiento, como forma de ilusión o de visión que la mente proyecta, y que desemboca luego en el punto en donde se hallaría más tarde su reproducción. Creemos que todos estaríamos de acuerdo en que a la mayoría de los fotógrafos así les sucede. Entonces, luego de haberse conducido Arturo alternado siempre entre el pensar y el actuar, y acercados ya sus primeros ejercicios serios, a partir de los cuales comienza a sujetar a la cámara de una manera muy radical, trata de descubrir de qué manera puede seguir pensando y agregándole niveles de conocimiento a su primera acción; y lo hace, como es su estilo, sin delegarle a nada material el origen de su nuevo concepto. Y sólo lo cumple, para bien o para mal -como vimos en uno de los capítulos anteriores-, dejando la cámara sobre la mesa, y a merced del polvo que dejan los años.
     Pero, por su parte, este guiñar color sangre, y su corriente utilización en el campo del profesionalismo -como ya en parte adelantamos-, tiene como objetivo a la imagen “bien parecida”, a la fotografía sublime, casi diríamos a la fotografía “ganadora”: aquella que no sólo gana algo para sí misma sino que además les gana o les quita algo a las otras fotografías, a las fotografías “incorrectas”. El aliado más cercano de esta relación especulativa es sin duda el desarrollo constante de la técnica moderna, y el uso compulsivo de todos sus productos mayores y menores.
    
     Ahora bien, ante la falta de integridad en las relaciones que estos usuarios compulsivos entablan con sus utensilios, la sociedad fotográfica insiste en que lo que se ve o lo que se muestra en una imagen “ganadora” –no olvidemos nunca obtenida gracias a la ciencia de La Fotografía-, es exactamente lo que su autor ha querido capturar. En este caso, ¿no es ésta la confirmación de que tal asociación, poco acostumbrada a los cambios radicales, fuera de la cámara ya no piensa en nadie más?, ¿acaso piensa en nosotros o en Arturo como posibles protagonistas para el común engrandecimiento de las formas redondas?    
     Nosotros sabemos muy bien que, entre el ojo que parpadea su tic nervioso y la forma que éste captura hay un abismo rectangular, un espacio arto extenso en el cual los reyes de la tradición metálica siempre han sabido hundirse hasta la altura del cuello. Ellos, junto con sus cortesanos, han estado siempre al límite del material, en verdad, muy mal predispuestos a registrar lo que realmente desean; y así, mientras tengan el agua por debajo de las fosas nasales, y puedan ellos respirar, seguirán trabajando a displacer por el premio. Ellos con la cabeza hacen todo, pues la corona manda hacia abajo. Pero atención que, debajo, sus cuerpos igualmente se ahogan, y se apartan de una manera más activa de proferir vivacidad al registro. Pues anunciémoslo, con un ojo invadido por gotas de sangre y el otro tapado por un parche de cuero, mejor no registrar y caminar al mismo tiempo, pues podrían tropezar y caerse ellos desde sus propias alturas.
     Nosotros hablamos de dar más vida a lo que vive antes de resultar imagen, hablamos de dar opción a lo incorrecto y huidizo, a lo que no puede ser calculado de ante mano. Para nosotros La Fotografía ya no debe, bajo ningún punto de vista, representar una “muerte del momento”.
    
     Sin embargo, la atracción por la sangre suele llevar, a quienes la sufren, a realizar movimientos muy peligrosos y a efectuar reacciones instintivas, en conclusión, protagonizar tremendos desmayos del pensamiento. Toda esta trama de malditas acciones termina por depositar sus cuerpos en y sobre el espacio del otro.
     Pero para Arturo, estas desviaciones pueden evitarse mediante la publicación y el uso de métodos más flexibles, de alternativas que hagan posible un avance mucho más tranquilo en el espacio común. Por ejemplo, en la fotografía obtenida mediante “El Método P” el peatón siempre mira hacia adelante, traspasando a quien lo interpreta, porque justamente no recibe obstrucción alguna; mientras que en otras fotografías, obtenidas mediante métodos opuestos, las personas fotografiadas desvían levemente sus miradas hacia uno de los espacios vacíos, como escrutando el lugar que ocuparán una vez salteado el obstáculo (en este caso propuesto por el visible pirata). Justamente el mérito del hacedor de “El Método P” radica en haber ganado para sí mismo la invisibilidad.
      El pirata no conoce ni quiere conocer los riesgos de la flexibilidad, sólo practica lo que considera “correcto”, y claro, desenvuelve allí su propia forma de flexibilidad. Pero lo hace por interés. Es decir, puede ser menos dañino con sus parientes y amigos, pero nunca dejará de serlo con el resto de sus modelos.
     Seguramente las consecuencias sufridas por la ceguera del pirata no son las mismas que se derivan del parpadear parejo del “MP3”, y de su representación “imperfecta” del mundo. Este parpadear, por ejemplo, no implica en ningún momento dejar de ver, dejar de recibir luz; no implica tampoco dejar de moverse para registrar. Lo que este parpadear busca, en su pretensión de vida, es aquello que al mundo le falta por una especie de omisión melancólica, y lo hace además para ser conciente de cuáles son los cambios que deben realizarse.
     Esta sensibilidad, de casi 180 grados, nos permite estar despiertos a un mundo que hace arrancar y frenar todos los elementos de sus submundos mucho antes de que podamos entender y registrar sus intenciones. Lo que queremos decir es que, este mundo cambia y se entrega a la imagen fotográfica mucho antes de que podamos deducir de él sus pérdidas o sus ganancias.
    
     Claro que “El Método P” y “El Método Pirata” son herramientas que permiten representar diferentes ideas, conceptos y cosas, por ello no podemos aseverar que alguno de éstos determine conocimientos exactos. Pero sí podemos reafirmar que uno más que otro rige, sin que muchos lo noten, las leyes que determinan nuestra relación afectuosa con un mundo visual latente.
     Entonces, ¿qué podemos decir por el lado del pirata? En principio podemos inferir que sufre la agridulce condena de tener que moverse dentro de este mundo sumido en oscuridad; un mundo que lo desgarra de su destino de visión y apertura, y que le impide además ver más allá de sí mismo, y de la manera convencional de representar. Todo esto le ocurre tan fijamente que se transforma en su tic, como si todo el tiempo necesitara guiñar un ojo para poder conquistar niveles de aprendizaje visual, y convencerse de que avanza hacia un porvenir consagratorio.
     Tanto el pensar como el proceder de este pirata, parecen ser instancias determinadas por un cálculo que no debería, a estas alturas, resultarnos tan extraño. Hablamos del cálculo de la venganza.
     Su movimiento en el espacio es tan poco sutil, que parece acechar a los objetos como un muerto de hambre; y si está en la calle, en realidad está en la selva, desesperado. Como un depredador, el pirata se hace presente frente a su público para asestar sobre él, golpe tras golpe, lo que va de su intención. Al pirata no le importa que estas formas fluyan como ellas quieren. Y justamente, es la fluidez cotidiana su peor enemiga.
     Al pirata no le gusta esperar, no acepta no llamar la atención, debe sobresalir y destacarse para declarar la importancia de su carnicería. Y si por un largo rato no logra fluir en el espacio, sobresalta hacia el espacio ajeno, violentamente y de bruces. Como un payaso sin gracia se contrae sobre su cuerpo encendiendo luces directas en los ojos incautos de sus semejantes. Con su cámara por garfio, y ocupando porque sí lugares donde la dirección de la inercia de los peatones se ve abruptamente interrumpida, tiene a todos sus modelos aterrados.
     Y así, según Arturo, el pirata genera una quita en los grados más naturales de la fotogenia; y esto, en su fotografía, se deja ver en la mueca espantada que visten las formas que se instalan como cuerpos a punto de morir en sus fotografías.
     Eso por el lado de los misántropos y metodológicos piratas. Pero sin duda, también hay cómplices a montones que son árbitros de esta ciencia abrupta y chocante. El pirata, por considerar que los asuntos de los demás son menos trascendentes que los suyos, hace lo que le viene a la gana. Según su propia lógica a ellos nada les importa porque “caminan por las calles como perdidos en sus pensamientos”. Pareciera que gracias a esta infantil persistencia se ha erigido como el super-hombre del malestar. Amparado, por supuesto, en la impunidad que le da su uniforme. Pero en verdad es mucho más gracioso verlo justificarse acerca del parecido que sus “víctimas” guardan respecto de sus propios amigos. Con una comparación que se aleja del lugar del hecho, el pirata no hace más que escrutar ante sus interlocutores la justificación menos feliz; ya que nosotros no dudamos que este ingobernable por la materia flexible utilice a sus más íntimos como escudos humanos, justamente para resguardarse de los ataques que día a día su propia conciencia le tiene preparados.
    
     Está presente entonces la sospecha de que algo perverso debe estar tramando, además de tomar fotografías. Porque esta es la característica del paranoico: perseguido y perseguidor. El pirata les atribuye a los demás, cual regalador impulsivo de la miseria, su propia contradicción, y les reparte todos sus desperdicios; en vez de trabajar él sólo en un mecanismo mental que se ocupe de su propia mierda enlatada. Como vemos, el pirata es el caso típico de quien observa el sentido de la alegoría de la puerta giratoria estando al margen de los beneficios ambientales que esta figura les otorga a sus usuarios más frecuentes. Él no tiene basura para tirar. Él considera que su metodología no genera contaminación alguna. Gracioso, ¿no es cierto?, el hecho de creer que son perfectos. ¡Pero hay de esas deliciosas mentiras que este pirata dice para ajustarse al paisaje corriente de hoy!; ¡hay de su cámara al borde de la fractura, imitando mediante preparaciones histéricas la respiración jadeante de los fatigados peatones!
     En el interior del ecosistema neurótico que su inconciente le construye, el pirata crea una pesadilla urbana de tales dimensiones que, de manera hipnótica, termina por atraer a los peatones hacia la mente de un sujeto que en realidad no les otorgará paz ni relación alguna, sino que se mostrará enceguecido por imágenes consagratorias, descontrolado en el afán de encarnar por su cuenta al único personaje proponente del nuevo sueño vanguardista.
     Digamos que la retribución que se desprende de este procedimiento lineal no implica para nosotros una ganancia legítima, sino más bien declara una conquista a toda costa.
    
     Entonces, cuando la violencia de estos procedimientos engendra en aquellos que con él se cruzan, e intentan racionalizar, respuestas de igual naturaleza, o bien, cuando sucede que la travesura de su crueldad sustituye al recreo del amor por las formas redondas, tenemos nosotros el derecho inapelable de apartarnos de su lado, y de rechazar también –a veces muy vehementemente- la clasificación que, por convención, les es conferida.
     ¿Y qué sucede cuando un sujeto con estas características se choca con otro impulsado por su misma pasión? Pues, nada nuevo.
     Ahora, imaginemos qué es lo que sucedería si una forma interrumpida por este actuar reaccionara de la misma manera abrupta. Pues es fácil. Allí, en ese momento y en ese espacio los piratas, con enfermiza vulnerabilidad, enseguida intentan cooptar el derecho del otro; un otro que naturalmente se siente, equivocado o no, dueño de su propio espacio, del suelo que pisa.
     ¿Quiénes son entonces estos duros payasos, babosos del grotesco, para interpelar a los otros, y a viva voz, sobre el estado de propiedad de los espacios comunes?; ¿quiénes son en el fondo, estos entes tan politizados, para ajusticiar con un disparo ruidoso al peatón que se distrae de su registro? El mismo peatón que, por distracción u omisión, tampoco repara en ellos, o en sus maneras de actuar.
     Y así proceden los poderosos, los más inapropiados jueces del buen gusto: tratando de someter y dominar con reglas “incuestionables” a los más débiles y, quizás, a los menos favorecidos por el lenguaje.
     En resumidas cuentas. El pirata poderoso es aquel que, violentamente, demanda derechos sin aceptar el cumplimiento de los deberes que le son correlativos.
     Queda claro que si esta manera de navegar por el mundo y de obtener ganancias es aceptada por convención, entonces se entiende como natural y necesaria, y lo es para todos. Pero no se consigue entonces más que utilizar todos los medios al alcance para asegurar la impunidad del pirata, y abrir así puertas hacia el dolor y la muerte de toda tranquilidad.
     Esta conquista social le da una aureola de justicia a la característica hostil del pirata; además de encubrir su condición de soldado, por la atribución de impartir al peatón desatento su merecida sanción. Pero este supuesto llamado de atención que él se arroga, es en realidad un acto que esconde una gran venganza, un desquite que crece y crece, calle a calle, por los castigos a los que éste ha estado sucesivamente sometido.
     Esta angustia amenazante, junto con los mecanismos que la alejan cada vez más de la ecuanimidad, ha sido fijada desde tiempo atrás, podríamos decir, en la historia familiar y cultural de este sujeto de trinchera.
     Entonces configuramos así una nueva definición para este vengador. El pirata es el brazo armado de la culpa que flota en el aire social; es la esquirla que sale disparada a lo público. Y su poder se expande e intensifica por un malestar que ella misma genera, momento a momento, en la cultura visual que también nosotros habremos de registrar a la hora de patear la calle.

     Entonces, el contexto es, en parte, hostil. Y por esa parcialidad, el pirata se ve a su vez seducido a llevar hasta las últimas consecuencias los mandamientos de su oficio impostado. Se muestra en todo su esplendor. Mediante el rápido consumo de sus fuerzas nerviosas, deja por un rato la trinchera para ejecutar a diestra y siniestra la sobreexcitación de una fórmula en verdad transpirada. Y el interés personal de este proceder kamikaze y verdugo es, principalmente, que su oponente sea débil, miserable, sobre todo deforme y mal oliente, y por supuesto, inseparable de todo escarmiento.
     Es claro que, de esta misma acumulación de preconceptos y objetivos mecánicos, se deduce y toma plena forma su misma condición de miserabilidad. Ahora, si este tipo de personajes navegan por el mundo de esta manera dolorosa, si ellos encima sobrecargan la fatalidad de una herencia enfermiza con la angustia de la pobreza inexorable que le producen todos sus fracasos circunstanciales, entonces nos preguntamos, ¿cuántas veces, agotados ya sus mejores intentos, concurrirán la naturaleza o la fortuna a coronarlos con un método más blando?; ¿qué debe esperarse de un sujetado, y de un educado para dar este gran golpe? ¿Será que han sido por mucho tiempo, y sin darse cuenta, abordados a los bastonazos, así que ahora están decididos, quién sabe por qué razón que no es razonable, a hacer doblegarse a los demás ante sus cañones?; ¿será que no les alcanza ejercer violencia contra la indefensión de lo mundano, y lo hacen también contra una abstracta soberanía de las imágenes?
     ¿Cuánta venganza es de esperarse de un hombre que sólo sobrevive al pie de su montaña, o a bordo de su barca?
     Imaginemos cuántos favores ha exigido, y cuántos, a la vez, ha cobrado, para realizar dicha empresa del estancamiento, y, sin embargo, ni la solidaridad de sus más cercanos lo ha podido sacar de su trinchera. Por ello, tristeza consagrada sentirán al llegar a viejos, y no haber querido ablandar un método que se vale de la duda y la inocencia ajenas, para reafirmar sus historias de sinrazón. Seguro que una frondosa voluptuosidad sentirán los viejos piratas en sus sillas, cuando se jacten de haber acrecentado sus conocimientos con sangre propia y ajena.
     Y aunque a través de muchos años hayan podido borrar de su superficie todas sus manchas, igualmente un gran altar para sus instrumentos de hierro siempre conservará el ADN de sus víctimas.
    
     Es de vital importancia, además de describir qué es para Arturo un pirata, y cómo éste actúa sobre el mundo común, también es crucial que nos hagamos la siguiente pregunta: ¿debemos nosotros ser portadores y ejecutores de los recursos que apelen a coartar esta agresión, para volverla inofensiva y, quizá, hacerla desaparecer?; es más, ¿debemos nosotros ser los cirujanos que con el escalpelo bien afilado, y luego de que sus muertes los tengan por cadáveres de la historia violenta, operemos y extraigamos de la putrefacción de sus cuerpos el tumor de la violencia para estudiarlo, comprenderlo y así poder embestirlo a tiempo para poder salvar al mundo de sus garfios? ¿A quién, o a quienes, corresponde realizar una autopsia como esta que se tiñe de rojo?
     Arturo se aparta de este color, prefiere el anaranjado. Se distancia de esta operación sutilmente con tan solo agregar a su método otra pizca brillante de luz solar. El que más se estira en busca del conocimiento de la mejor luz, el que menos parpadea para absorberla, más rápido se olvida del resentimiento y de la venganza. Y aunque en algún momento Arturo haya conocido estos tintes furtivos, y éstos le hayan significado quizás su más real y concreto episodio violento, la apertura de los dos ojos, junto con la apertura mental, no lo depositan ya en un lugar a dirimir. Entonces, apartándose de ese color, es probable que cada vez más un sujeto deje de estar justamente “sujetado” por el sistema que prioriza esta representación, y sea así redimido de una actitud vengativa. Para Arturo, el camino que va hacia la representación del bienestar de las formas es un camino que en un punto crucial se bifurca. Entonces, por un lado, el recorrido va hacia la esperanza de estar sin molestar, y por el otro, hacia la concreción de todos los ideales de pureza, aunque parezca pretencioso.
     Para el que no le gusta ser molestado, y anhela comenzar a vivir indiferente ante la discordia, esta bifurcación es la clave de la evolución violencia-no violencia: ser víctima o vengador, o, simplemente estar limpio, ser método plástico, poder llegar a ser un experto invisible para evadirse del malestar. Aunque así y todo, curiosamente, puede que Arturo sea juzgado en una corte pirata por superar, con el nuevo bienestar que genera, el malestar que ha dejado de compartir. Porque es precisamente eligiendo un método, que Arturo está optando por una alternativa en el campo de la ética y de la educación de una nueva moral; la cual necesita ahora estar en plena sintonía con las leyes naturales del medio externo.
     Y si este placer, que el hacedor camarógrafo recibe, se encontrara en algún momento obstruido físicamente por el placer ajeno, pues entonces, ¿no debería contemplarse la posibilidad de que se ha elegido desde la trinchera, desde la herida y no desde una posible cumbre, desde una probable sanación?
    
     Claro que hay matices. Hay pequeñas heridas y pequeños golpes. Mucho menos bondadosa que la renuncia total a la venganza, es la pequeña venganza: aquella que se acumula en sí misma, y que si no sale a golpear por un par de días es probable que al tercer día explote y genere verdaderas carnicerías. Si esta sed pagana de buscar el choque se propiciara para sí la verdadera posibilidad de hacer foco sobre sus imposibilidades, quizá esta fuera una condición que la psicología pudiera llegar a invertir y transformar, en lugar de la justicia y el escarmiento. Pues, los piratas, tienen la suficiente astucia y previsión como para arribar a las puertas del manicomio o de la cárcel, pero sin pasarse nunca para el lado de adentro.
     Parece como si el espíritu de esta picardía naciera de una rotunda imposibilidad de pensar las cosas diferentes de como han sido pensadas hasta ahora. Y podemos decir al respecto que si algo nos ha demostrado la historia, si algo aun en el presente nos demuestra, es que cambios en las direcciones convencionales han sido implementados como consecuencia de trabajos, ensayos o ejercitaciones cuyos métodos han sido desarrollados muy seriamente, siempre desde un campo intelectual particular, acertado o equivocado en sus formas, pero impulsado por una acción radical y un resultado descomprimido de toda norma.
     Pero sabemos que mientras los piratas sientan la imperiosa necesidad de agruparse para encontrarle legitimidad a esta necedad, no se verán compartiendo más que planteos abochornados en una intrepidez puramente verbal, e intentando remiendos improvisados que puedan tener efectos rápidos en la mayor cantidad de sujetos posibles; por supuesto olvidándose al mismo tiempo del cambio más factible: la toma de conciencia de sí del método, de aquel que es pensado, estudiado y, como dijimos ya, implementado de una determinada manera, pero más que nada adoptado personal y naturalmente.
     Y ya que nos hemos encausado en la cuestión “grupal”, digamos que dentro de estos grupos un sujeto, que para pensar su porción de bienestar depende de que se suceda el hecho de que otro sujeto también piense la suya, cuando piensa –grupalmente- no adhiere a lo que ha de ser pensado de manera diferente (que es el ser cambio); sino que éste tiende más que nada a participar y departir a propósito del problema general que detalla las causas privadas por las cuales no puede dejar de ser indiferente consigo mismo, preocupándose primero por los demás. Es decir, el pirata utiliza la estructura del “mal social” como justificación de su leve existencia. En este cruzamiento entre las razones generales que desembocan en el malestar con mayúsculas, y las debilidades individuales que no logran introducir nuevas evaluaciones, se genera un egoísmo mecanizado cual enigma hegemónica y herméticamente diseñado. 
     Entonces, acabada la reunión del grupo, cada pirata se forma libremente un estado hiperquinético de vigilia que dosifica su pretensión de victoria, y lo hace además encubriendo sus venganzas personales a través del pretexto de mantener los intereses su grupo; y es precisamente allí donde están los árbitros, “la secta” en definitiva. Pero nosotros sabemos que estos filibusteros, en el fondo de sus deliberaciones, no respetan ningún rango superior. Así se los ve por los rincones, en las oficinas y en las calles, en los bares y en las canchas, constantemente afilando sus garfios contra la moral ajena; mientras se retiran a sus casas impacientes, arrancándose los cabellos, pensando en la idea de cómo amotinarse mañana. Y aunque muy contadas veces cumplen con este deseo, mientras no se animan a explotar ellos, explotan en su lugar el prestigio de la oficina en la que trabajan, o del grupo al que pertenecen, liberando los pasillos de cadetes y filtrando su mercancía de contrabando.
    
     Por supuesto que para nosotros, que pensamos de otra forma, la tendencia de la balanza del pirata se inclina más para el lado del contrabando de violencias que para el del arrepentimiento o de la contribución al grupo. Los piratas viven en la inmodestia. Ellos creen que portan, en un sutil secreto, una formula nueva de hacer reaccionar a las cosas, a las formas; pero los motores de sus búsquedas funcionan sólo por un afán de lucro, y una viciada sed de venganza. A nosotros no nos engañan estos elementales, estos malogrados. Nosotros no compramos humo gris. Por ser tan obvios sus rasgos más privados, y tan públicos y demacrados sus fanatismos por las escuelas y las modas, también carecen de adrenalina sus obras, y por ello, al tener esta laguna vacía de misterio, lógicamente muy pronto sus empresas se hayan estancadas y suspendidas en un lugar acostumbrado, oscuro y rectangular; un lugar en donde lo que se explica, o se muestra como resultado, es la desvinculación de todo imaginario, o, mejor dicho por Arturo, la sublime y efímera pintura de sus propias reivindicaciones, es decir, de sus propios naufragios.
    
     Pero antes de aprender muy bien las inflexiones de un método determinado, es imprescindible engordar el hábito del esfuerzo y de la constancia; es decir, agregar niveles de dificultad no sólo a su contextura mecánica, sino también al despliegue cotidiano que, por momentos, se distancia del objetivo mismo que el método tiene en principio. De lo contrario la esencia del método y su fuerza creativa, esa misma desde la cual debieran desprenderse resultados visuales acordes con su contextura, carecerá de toda integridad, y por esta falta buscará encarnar su seriedad por los caminos más abreviados.
     Pero Arturo ha podido implementar su método porque, como ya vimos en el capítulo de la “Vida Primera”, ha logrado identificar y clasificar dichos espacios vacíos para llenarlos de algo necesariamente elástico; para que esas inhabilidades de cambio, mientras estén próximas a desembocar, puedan ser siempre materia factible de ablandar. Lo que queremos dejar en claro -y Arturo suscribe esta necesidad- es el hecho de que, hasta el momento, el paradigma de la actividad de fotografiar no lo seduce ni lo apasiona tanto como para taparse el ojo con la cámara. Fuera de este divorcio, para nada conflictivo, su cámara se mueve y vuela por el espacio, justo como aquel insecto variable que describíamos en el capítulo de “La cámara, la araña y el cubilete”.
    
     Ahora bien, llegando al centro de la cuestión de este capítulo (y sin olvidarnos de todo lo dicho en el capítulo anterior), digamos que muchas diferencias dinámicas, tanto como pactos con el resultado, sumado todo a las costumbres transferidas a las próximas generaciones de hacedores metodológicos, impiden que midamos con los mismos parámetros la totalidad orgánica del “Método P” y la personalidad psicológica de “El Método Pirata”, y las analicemos con los mismos conceptos de plasticidad. Pues, cuando uno es blando por necesidad, el otro es duro por elección.
     Para Arturo, de lo que se trata es de mostrar que las cuestiones planteadas a nivel piratería, sin perjuicio de sus proliferaciones en resultados comunes y corrientes, han preferido ignorar hasta el momento el problema filosófico planteado por quienes intentamos desarrollar una investigación que se ramifica desde el planteo de “El Método P”, y sus tres componentes o manchas; y que, por tanto, mientras ellos persistan en omitir todas sus imperfecciones, o al menos una de ellas, no podrán pretender ser capaces de conseguir nada de aquello que en el fondo creen que podrían lograr actuando impunemente. Es decir, la única cuestión de importancia esencial es llegar al conocimiento de si la elección del método se hace en nombre de la venganza, o, si por el contrario, la invención que se crea -a diferencia del acopio-, se hace efectivamente en post de la adquisición de una especie de libertad creativa; la cual arrojaría como resultado esa originalidad tan codiciada por algunos.
     Naturalmente también es de intuirse una ausencia total de modestia e intolerancia, allí donde se nos muestra y demuestra que la existencia de “El Método Pirata” era tan necesaria. Cuando en realidad su esencia es la contingencia misma del desarrollo que un sujeto particular tiene sobre el mundo violento que él mismo trata de copiar, claro que sin más tiempo para evaluar los resultados obtenidos.
    Entonces, sin el suficiente coraje, aquel necesario como para hacerse la pregunta sobre qué logra él en verdad con su método, el pirata acrecienta el valor rudimentario de sus astucias con una reacción de lo más infantil, la de hacer lo que se le viene en gana. Por esa misma falta de un diálogo conexo, el único perdón que podríamos aceptar del pirata es que molesta la tranquilidad, la fluidez; pero se demora demasiado en pedir esta clase de disculpas. En verdad lo que al pirata se le antoja es acrecentar su odio y su goce a la par de su venganza.
    
     Aunque luego de tantas observaciones nosotros no hemos encontrado huella alguna en su pasado que demuestre que alguien ajeno haya tenido malas intenciones en su contra, así el pirata le da razón a su sangre, olvido a su concordia y desorden a sus disculpas. Por eso nosotros nos encontramos, sin atraso junto con Arturo, intentando tirar de la soga que dirime el paradigma, para que esa furia sostenida al otro lado del lazo trastabille su psicología combatiente, y la haga bajar la guardia, para que justo detrás de esa ira se muestren naturalmente, por el lado de Arturo, su verdadera forma de bienestar, y, por el lado del pirata, su mueca poco feliz, su venganza gozosa desintegrada sobre el charco. Y así, tirando -y tirantes-, a los piratas se les va la vida, y se vuelven infértiles. Pero mucho cuidado, que no son inocentes cuando son viejos; ellos no están ni moribundos ni desflecados. Nunca más olvidan sus propios horrores, y si los justifican tampoco se preocupan de atormentarlos con un nuevo odio; pues, a esta altura, este tipo de rencor es siempre el mismo, ¡mucho cuidado, que no esta debilitado por efecto de los años! Tampoco nos dejemos engañar por algunos que, luego de haber obtenido innumerables resultados en el mundo de las acciones y especulaciones, ya parecen otra cosa mejorada; pues, si la violencia no esta presente ya en sus movimientos, seguramente sobrará en sus opiniones. Y así, ahora, bajo la forma de la diplomacia, sus venganzas continúan indemnes.
    Retenidos por la primera convención que voluntariamente los atrapó -como renunciando cómodamente al cuestionamiento de cualquier hipótesis que crean impermeable a cualquier agregado suyo-, se consideran a sí mismos perfectos exégetas de la opinión autorizada; según ellos la única forma bajo la cual debe darse la argumentación de la imagen fotográfica, y la única y especial lógica cultural que vale la pena defender con discursos y actos violentos. Y a pesar de este contradictorio  comportamiento social, desarrollan sucesivamente esta defensa elevando cada vez más los tonos y profundizando el estilo del ataque a distancia; pues su método prospera según crece a la par su cobardía y su presencia detrás del escritorio, y cada vez más lejos de las calles.
     Los piratas no saben imaginar la realidad del que se le opone en estilo y opiniones. Son por ello los más absurdos y supersticiosos productores del premio fundacional. Así se colocan ellos, en posición oblicua ante el diálogo sin dobleces. El pirata cada vez dialoga menos, y más irónicamente. Observan desde arriba a los que están a su mismo nivel de modernidad; es más, exigen de éstos la misma mirada artificial con que se mira o admira a un genio, o a un héroe.
     ¡Hay pero cómo abren sus ojos de par en par cuando “El Método P” publica una nueva estación!, allí sí que dejan la venganza por unos pocos segundos y se imaginan en el lugar del que la ha publicado; quizás su única forma de imaginación: la envidia autoral. Por ello odian lo natural. Odian todo lo autoral. Odian en secreto lo cultural. Tranquilamente podrían vivir sin extenderse más allá de sus casas, de sus calles.
     Los piratas hoy le quitan trascendencia a lo cultural haciendo apología del nuevo dolor virtual. Además, fuera del escritorio la aparente cordialidad que ellos practican  con los peatones más humildes, esta también corroída por una especie de amplificación de la urbanidad convencional. El que es primicia de lo urbano, de lo impar y lo azaroso, debe ser como mínimo mal interpretado, y como máximo vaciado, tachado y sacrificado.
    
     Por ello, y cada vez más, este escenario común le quita vigor a su falsedad cordial. Entre automóviles y señales, obras a medio terminar y decenas de miles de vengadores que caminan igual que él, se genera un estruendo que penetra y desajusta incluso a sus pocos sentidos ordenados, para acercarlo aun más a lo que sería un violento cristalino.
     Todo su hablar es desagravio y señalar. A nosotros no nos engañan estos primitivos. Además, el dinero y las referencias los tienen muy confundidos. Los piratas nada colocan en el cofre común, por el contrario, todo extraen de él. Nada sacan de sus bolsillos, allí sus billetes son tan fríos como el metal de sus garfios. Sus presupuestos no viajan en absoluto hacia un concurso del gasto comprometido con el medio.
     Incapaces de honrarla con obras dignas, lucran con La Fotografía exprimiéndola cuanto más puedan, consignando así ganancias que son destinadas a optimizar sus implantes, parches y disfraces.
     El pirata piensa igual o más que nosotros, pero la diferencia es que lo que sus pensamientos -y una larga historia de venganza- le enseñan, es que más fácil que pensar de otra forma es disparar o “afilar” cada vez mejor. Para él, idear algo es exclusivo de los que, paradójicamente, considera desarmados, débiles o subyugados.
    
     En estos conmemorados payasos sin gracia, en la línea de sus vidas, entre el vientre inevitable de sus madres y la falsa candidez final de sus futuras tumbas, sus conductas no siguieron ni siguen, y muy posiblemente tampoco seguirán, cordialidad alguna. Son peligrosos, pues sus pasados cercanos sólo declaran ante nosotros la forma que tendrán sus procederes en el presente y en el futuro. Nadie los para en el medio, a pesar de que se sabe lo que harán al salir de las trincheras. Pocos los cuestionan en una región filosófica y políticamente subdesarrollada.
     Ellos obran y se forman opinión por choques aleatorios. Se mueven con la corriente, y resignifican su ideal al llegar a cada esquina, como autos chocadores de feria que no consiguen nunca fluir suavemente. Y están todos chocados a causa de estos accidentes, porque no fluyen con la ley natural de la tierra. O no fluyen ligeros, precisamente, porque están todos chocados por cuerpos que no existen, y por un mundo nuevo de accidentes y vicisitudes virtuales.
     Ahora bien, en búsqueda de ciertas carencias motrices que puedan echar luz para describir la torpeza y vehemencia de sus acercamientos, es decir, la estrecha enemistad que ellos tienen para con la fluidez callejera, creemos encontrar en sus patas de palo la causa complementaria que no les permite seguir el ritmo del resto de los mortales. Y es obvio que esta razón los afecta terriblemente, pues los piratas se lamentan de no poder ser un cuerpo completo, y lo hacen demostrando (con su andar discontinuo) que la madera que tiene por piernas no le permiten ir más allá de la excursión autorizada por sus médicos. Asimismo, se muestran embarazosos para avanzar en su propio camino, y, por ello, abundan en ellos una injuria que, para bien o para mal, interviene la calzada de las bellas gacelas y el aire de las ejercitadas arañas.
     Además, el pirata es un corregidor nato, pues su convulsión por dar escarmiento nace de su irremediable y oscuro sentimiento de querer ser otro. Para poder crecer él en su medio, y hacer efectiva su dedicación, debe hablar y descalificar, por regla metálica, a todos sus predecesores; y, paradójicamente, son estos mismos aquellos sin los cuales él no habría llegado a obtener primero su diploma de fotógrafo profesional, y segundo, según nuestra visión, también recibir de ellos la mención especial de profesional de la convención.

     ¡Hay si hubiera en el mundo de Arturo un detalle negro de cuero que todavía pudiera él dibujar, un detalle que le decore el rostro de un lado, y un detalle filoso y brillante que haga lo mismo del otro, haciéndolo sangrar! ¡Podría él así pertenecer a un grupo, y obtener su mención! Pero si así fuera, ¿quién habría de llevar adelante la renovación metodológica para el nuevo e hipotético -aunque delirante- paradigma de la representación fotográfica? Todos seríamos profesionales y, además, lisa y llanamente, aspirantes al puerto pirata.
    Claro, Arturo varía entre diversos impulsos, como debería ser la verdadera naturaleza del filósofo: la de fluctuar entre todas las cosas y todo el tiempo-, pero los piratas parecen estar impulsados sólo a fluctuar hacia un lugar, nunca el suyo sino el del otro. Pero por insensato este es un lugar que lo desequilibra aún más.
     A los nuevos hacedores no les queda otra opción más que la de ser íntegros, insistentes y originales ante este vendaval, aun lo suficientemente fuertes como para empujar a las valoraciones piratas hacia el horizonte evolucionado de sí mismas, que es siempre el lado cercano al borde. Sería absurdo que el mismo hacedor (aquel que incansablemente describimos como sujeto reflexivo en el capítulo tercero de la parte primera) no tenga por sí mismo la necesidad tan inclusiva de visualizar nuevas vías para compartir aun con quienes miran parcialmente, y deducen de su ceguera la verdad de “La Belleza” y la verdad de “La Verdad”; y para quienes miran ansiosos la totalidad del paisaje, y deducen de él la mentira de una única verdad, así como la mentira de una única y elevada noción de belleza. Pero no neguemos su prestigio, ellos son también unos ingeniosos inventores. Inventan bellamente las mentiras que ganan juicios; y, a veces, también grandes premios.
   
      Cuando rectamente soplan hacia dentro de los continentes vientos que inmediatamente se arremolinan por efecto de la neurosis que el hombre metropolitano emana, el sentido del olfato de los peatones se ve invadido y, al mismo tiempo, anulado por completo. Es entonces el mejor momento para que el colérico pirata, echando espuma por la boca, salga de casería. Porque los peatones, conformes ya con esta inercia que los barre, aleja y amontona, cada vez más lejos del agua y de la tierra, no pueden oler el peligro que se aproxima, y terminan resignándose cuando se encuentran interceptados de frente por la violencia de este duro y pesado trozo de metal.
     El hacedor de “El Método P” se parte al medio: está de un lado singular para conocer bien sus necesidades; y está el tiempo suficiente allí como para saciarse de sí mismo y tener que proyectarse intermitentemente hacia el lado plural, para conocer lo que allí no se desarrolla por sí solo. Su tendencia entonces es estar lo más cerca del medio, lo más despierto a la multitud de las formas. Quizás cuando hablamos de este tipo de hacedor, hablamos en realidad del lugar del equilibrista, o del flaneur; es decir, de aquel que posiblemente rara vez se halle cómodo en alguna parte.  
    
     Quien reconozca ahora mismo cierta seriedad en la manera en que nosotros traducimos esta filosofía metodológica, precisamente como una pujanza que se diferencia de los citados sentimientos vergonzosos, entenderá por qué exponemos justo aquí, al comportamiento de Arturo, como una semi-seguridad-personal llevada a la práctica. Pues su propósito no es el de acercarnos el método que cada quien habrá de utilizar para crear el vínculo entre sus formas y sus objetos, o entre sus objetos y sus formas, sino sólo compartir el modo desinteresado en el que él ha estado intentado lograr el suyo. Vale decir un intento constante para que muchos más conozcamos nuevas claves, combinaciones y anagramas respecto de la difícil quimera de la unión o del equilibrio. Ya que describimos la transfiguración de la mueca del hombre civil (en el capítulo “Las formas zoológicas humanas”), que quede clara ahora una diferencia fundamental para entender la historia y evolución que nuestro interpretado atraviesa respecto de lo que no quiere volver a atravesar. Es decir, la soledad de Arturo, en el comienzo de este nuevo ciclo, es un escapar de la sangre; mientras que la soledad del pirata es el altar de la misma.
     Y mientras Arturo escapa, a su vez, observa. A través de sus pupilas bien abiertas se debilita el impacto de cualquier arma humana. Lo ha decidido ya: no contribuirá a la ceguera de los que no buscan la apertura de los dos ojos. Para Arturo, vivir con los ojos cerrados es lo mismo que vivir en accidentes. Y nosotros no decaeremos en esta descripción.
     
     Por ello creemos de sumo interés extendernos en algunas observaciones con relación a este procedimiento, y sus tres tipos de violencia, así como también lamentamos el ferviente grado de popularidad con que este camuflaje ha gozado, y goza aún en tiempos más preclaros que los precedentes. Además de combatientes contra el bienestar de las formas, los piratas son profesionales del dinero sucio. Qué diríamos sobre qué son ellos en verdad: ¿delincuentes y asesinos a sueldo? ¿Quién de nosotros se animaría a desviar de nuestras energías poéticas un improperio tan duro y mal acabado? ¿Quién de nosotros se animaría por ello a hacer público un resabio de resentimiento que aún no muere, por no gozar hoy de los beneficios materiales que aquellos métodos abruptos ayer nos brindaban? En estos casos, ¿qué vale más para el bienestar de las formas: soltar a la cara del pirata una cadena de insultos, o seguir intentando aprender a pronunciar dignamente una oda a la estrella redonda y blanca que pone un poco de brillo a nuestras más oscuras noches?
     El pirata, cuyo espíritu sometido no tiene más principio que el de servir a sus jefes, nos desoye lo mismo. Pues está muy preocupado en hacer llegar su mercadería adulterada hasta las puertas mismas que hablan de su ilegalidad. Y dicho sea de paso, ni bien lo consigue, luego son sus socios quienes comercian por él. Por su parte, el hacedor de “El Método P” cumple simultáneamente el rol de todos sus altos funcionarios, administrativos y ordenanzas. Los organismos que al propiciar -juntos pero separados- una misma idea (con los mismos elementos, procedimientos y significados) marchan, tendientes a representar una determinada visión, rara vez se ocupan de que alguien más comercie por ellos.
    
     Se plantea así el plano de situación de una película que tiene, por un lado, a uno de sus protagonistas caminando por el trampolín resbaladizo de la cultura, y al otro acechando con su espada la inestabilidad del andar del anterior, buscando espacios llenos de algún comienzo para ocuparlos de finales abruptos.
    Ambas, forma intensamente experimental y violencia instituida, están en una situación de difícil convivencia en la que sus modos no quieren retroceder ni un solo paso. El pirata quiere trazar con su espada la partición simbólica de aquello que Arturo mismo intenta representar al soldarse de a poco su cabeza con su cuerpo. El pirata, con sus gritos, además toma por asalto la frecuencia usada por el llamado cordial de “La alegoría de la bola de nieve”, alejando a la gente que quiere subir a ella a experimentar y compartir, y acercando a la que quiere hacerlo sólo para confiscar todos sus secretos.
     Los piratas adhieren a la idea de que el hombre es un ser  que hereda ya desde su nacimiento un comportamiento determinado, en este caso malicioso, y justamente es por no poder desembolsarse de este peso que se vuelven férreos practicantes de la venganza, y de la distribución de la misma.
    
     Los ojos pensantes, conectados a su vez con la vibración natural de sus cuerpos, no deberían ser de aquí en más testigos de la sangre, del golpe y del choque. Toda recreación que de ello se haga no levantará más que una gran fortaleza del poder, y nada de esto tendrá que ver con nuestra construcción paulatina de un desenlace, de un territorio allanado para la bienvenida del bienestar fotogénico.
     Se cree también, por distracción, que por determinadas circunstancias de barridas poblacionales, migraciones, conquistas y guerras, el pirata más despiadado habita tierras al norte. Pero nosotros preferimos dejar de pensar sólo ahora en regiones, para acercarnos mucho más a una conciencia que dice que muchos de nosotros somos portadores de un parche, de un garfio y de una pata de palo en alguna época de nuestras vidas, y que además la quita de este disfraz no es obra de nadie más que de nuestros pensamientos blandos. Desde entonces los intérpretes del malestar cotidiano, en lo que respecta a sus motivaciones, no han tenido deseos distintos de los que han tenido los precursores de la piratería. La conquista de los mares, el saqueo de los bienes culturales y la reconstrucción de una épica del dolor, han sido hasta hoy los valores ante los cuales ellos efectúan todas sus reverencias.
     Pero claro que la sangre es vida, y de ella Arturo ha tenido inyectados los ojos (hemos detallado esta pasión en el capítulo de la “Vida Primera”). Y no sólo la ha visto contenida en la retina al mirarse en el espejo, sino que la ha visto en su alfombra, derramada, manchándole sus pies y tiñendo todo su rectángulo de vida desperdiciada. Así y todo, muchos de nosotros consideramos que la violencia también merece ser documentada. Pero también nos gustaría pensar que, partir de este capítulo, nunca más faltarán quienes se ocupen de ella, cada vez con más vigor y ceguera, para obtener por ello una asegurada y rojiza ganancia. 
    
     Pensemos ahora un poco más en las malas jugadas que el pirata realiza, día tras día, dentro de este agitado cubilete, y también por fuera. Cada nuevo día en “El Método Pirata” es una matanza: mezcla de un sadismo lento y despreocupado, con el lamento animal de un bruto humano que no acaba de pulir sus aristas, o de desintegrarse. Imaginemos entonces a qué obra de la naturaleza podría el pirata agradecer su existencia blanda o su desaparición. Sin duda, el pirata debería agradecer su vigencia a una transvaloración de los caminos racionales, sistematizada e instituida por inquisidoras ideas violetas a lo largo de incontables generaciones; y, al mismo tiempo, debería agradecer, en caso de desaparecer, quizás en parte, a miles de capítulos como este, que ya han sido escritos y seguirán escribiéndose a lo largo de decenas de años a partir de ahora, y en parte, al azar y la sabiduría de la vida callejera que, en cualquier momento, podría retrucarle su violencia con otra aún más perfeccionada.
     Ahora, si acaso hay un sentimiento necesario y excluyente para el desarrollo exitoso de “El Método Pirata”, este es el sentimiento de la culpa. Es decir, si la historia ha saciado al pirata de formas materiales, y le ha otorgado todo aquello que éste se ha atrevido a desear, su mirada muy posiblemente se posará, curiosa y arrebatadora, sobre el abanico inacabable de subtemas que le dará la forma de la pobreza y la desdicha social; así como también, si su historia le ha negado participar en guerras y enfermedades reales, su método se preocupará solamente de identificar y seguir todos los modos de pensar que lo lleven al campo de batalla. Tan estancadas están las contradicciones que estas figuras se tienen las unas con las otras, cómo tenue es el pulso que pone a su método en acto, y hace de su presentación una de las formas comunes y corrientes de aproximarse a los tópicos de la violencia. No nos olvidemos que donde hay una perpetua sensación de ultraje no puede haber análisis alguno, mucho menos de métodos que tiendan a cubrir la necesidad práctica de gente que se anime a analizar si es que aún existe en verdad un gen a partir del cual hacer crecer el bienestar de las formas.
     Ambos métodos, aunque contradictorios, son finitos de acuerdo a sus variaciones temporales. Es decir, la metodología pirata se termina con la muerte del pirata, pero la metodología plástica de Arturo se debilita y muere sólo si una menos usada puja por ser tenida en cuenta. La línea del método es una línea que incluirá, a lo largo del tiempo, diversos guiños perpendiculares, implantándose sobre ella la misma estampilla del tiempo cada vez que sea necesaria una variación en la rutina. Así sucede con el pirata, las marcaciones se realizan cada vez con más presión, solo que lo hacen a partir de otro esquema.
    
     Según el hacedor de “El Método P”, constantemente deben ser propiciadas las investigaciones para una búsqueda sistemática de violencias, pasiones desmedidas escondidas en las capas más reactivas de su propio carácter. Estas capas son aquellas que determinan un acto reflejo que a su vez irrumpe sin reflexión sobre la superficie del carácter social, y cuyo direccionamiento intencionado es muy duro de desviar una vez aceptados los efectos que estas acciones producen sobre los terceros. Pero cuando una violencia no ha sido identificada a tiempo por su huésped, comienza a transitar por un laberinto de marcaciones culturales internalizadas que la harán avanzar y retroceder por interminables morales, pasajes que rara vez conducirán a una salida satisfactoria. Pero si no hay un control sistemático, esta violencia puede traspasar por cansancio alguna de las barreras que habían sido levantadas para contenerla; y cuando esto sucede no sólo su cápsula golpea afuera, sino que la acompañan en el daño las esquirlas desprendidas de ese mismo paredón.
     También puede admitirse que para Arturo este método impar, que a su vez es resultado de un par de métodos, es al mismo tiempo un criterio de distanciamiento entre dos formas de vida, de dos miradas que corren paralelas pero no iguales; es decir, que no hacen nunca cruza de sus elementos. “El Método Pirata”, por ser un método nacido no de un par de métodos sino de un par de actitudes frente al mundo, será el impar por naturaleza, el singular sin acompañamiento intelectual blando, el elemento disconforme, y por ende, el peligro y la amenaza para los desprotegidos peatones del mundo.
     Como hemos intentado describir -según ha sido el sentimiento de nuestro interpretado-, los piratas ofrecen al mundo distintos tipos de incoherencias mentales y fisiológicas. No hay reconstrucción ni reunión probable de las partes alejadas, así como no se acercan sus cuerpos a sus cabezas, sus crímenes a los castigos que merecen, o sus imágenes a su imaginación. He aquí entonces el brillante y corriente engaño de los piratas: sus incoherencias más inmediatas provocan simpatías y complicidades entre aquellos que los rodean.
     Y si apareciera un momento en el que el pirata pudiera aflojar su pasión por la ceguera, levantándose el parche y curándose las heridas, deberá estar muy atento para que la elección de su nuevo método no contenga un solo motivo de fanatismo; pues fuera de las convenciones también a éste se lo practica, aunque de maneras más confeccionadas, discretas y legitimadas por una x cantidad de personajes. Nosotros decimos que sólo se abrirán los dos ojos, luego del transitorio desorden visual, para confirmar la necesidad de la existencia del nuevo método.
    
     Ahora bien. Por si el deseo indolente, el interés vago o el gusto inconsecuente han llevado a algunos a pensar que es de ellos de quienes, con cierta vehemencia, se ha ocupado este capítulo filoso, más vale aclarémoslo por segunda vez más antes de culminar. Según Arturo, para vestir correctamente el disfraz de pirata, es excluyente que el camarógrafo en cuestión invite a participar de su acto fotográfico a la segunda característica dura. Por eso mismo, para imaginarse con un parche y con un garfio no alcanza con que un sujeto tenga la disposición tradicional ante el acto de fotografiar; sino más bien importa que éste lleve la angustia de su clausura visual, junto con la penuria de su casería moral, a un nivel tal de pesadez y duplicación que, de todas sus determinaciones, sólo puedan deducirse procedimientos sombríos y desmesurados. Entonces, si así lo hiciera, estaremos de acuerdo con Arturo en considerarlo como un hacedor de “El Método Pirata”, por no decir un violento camarógrafo.


"El Método Pirata" (Capítulo IV - Parte Segunda: "Arturo y La Fotografía")
Nuevo Capítulo Adelanto del próximo Libro: "El comienzo de las 4 estaciones" (1er. ejercicio teórico)




*Publicación no permanente

jueves, 26 de abril de 2012

Nuevo Ensayo: "Summertime Lados B"

¿Qué es “Summertime Lados B”?
¿Una muestra de anemia autoral o la reafirmación de un potencial artístico?
¿Una estricta selección de fotos de archivo que viene a completar, extender y re-elavorar, en tres actos, un proceso creativo que se creía finito?
¿Qué es este impulso de publicación que pareciera no tener fin, y que, según mi impresión, no merece esperar 5, 10 o 20 años en un cajón?
¿Se completa aquí un ensayo sobre el verano de los cuerpos, pero haciendo ahora mucho más visible y espectacular el escenario “Marplatense”?
¿O caigo sin más remedio (por efecto de una larga transición dada entre “las 4 estaciones”) en el auspicio de otra mirada playera, una mucho más esteriotipada y reconocible a los ojos del verdadero protagonista: el público en general?
¿Qué es “Summertime Lados B”?
¿Más lodo y confusión, o, más agua para apagar tanto fuego gris?
¿Es un apunte para entender mejor “Summertime”, Tiempo de verano?
¿Constituye o no el libro original un exceso expresivo que, por su concentración, estaba necesitando una redención mucho más sentimental que intelectual?; ¿o en verdad fue aquel (publicado en abril de 2011) una muestra de originalidad incompleta?
¿Podría entonces interpretarse a “Summertime Lados B” como un manotazo de ahogado por tanta agua volcada de un solo golpe?
¿Es “Summertime Lados B” una manera de hacer tiempo, de descansar y retomar el aire; una forma de aflojar la cuerda enredada al cuello; de congelar la pelota en el aire para desentenderse un poco de quién es el que la pone en juego y quién el que la recibe?
¿Puede ser “Summertime Lados B” un nuevo ensayo de alguien que, como yo, todavía se considera demasiado joven para archivar indefinidamente cualquier cosa?
Lo único cierto a esta altura es que, para mi, “Summertime Lados B” es una secuela imposible de frenar.
Pero como una sola certeza no alcanza hay que seguir preguntándose, debo seguir preguntándome: ¿qué es “Summertime Lados B”?
Ustedes díganme, pues son ahora a quienes necesito escuchar.

(“Summertime Lados B” es un ensayo en proceso. Su destino de Libro al día de hoy es incierto, más allá de su publicación gradual en Flickr y Facebook)
Las imágenes incluidas en este ensayo fueron registradas en la Ciudad de Mar del Plata durante el mes de enero de 2008. Originales de negativo de plata sobre gelatina escaneados, no tienen retoques digitales ni reencuadres.
*Véase como referencia “Summertime”, Tiempo de verano en:
www.facebook.com/media/set/?set=a.1960426487415.117577.11...
www.flickr.com/photos/31271394@N07/sets/72157626400140359/
fotografiasyformas.blogspot.com.ar/2011/04/nuevo-libro-su...

viernes, 3 de febrero de 2012

"Viendo Summertime #1"

Diferentes maneras de ver, hojear, descubrir y, también, de "liberar" los "Dípticos" del libro: Summertime, Tiempo de verano.
#1 Plegando sobre sí mismas las páginas con fotos.

"Viendo Summertime #2"

Diferentes maneras de ver, hojear, descubrir y, también, de "liberar" los "Dípticos" del libro: Summertime, Tiempo de verano.
#2 Arrastrando y plegando las páginas de derecha a izquierda.

"Viendo Summertime #3"

Diferentes maneras de ver, hojear, descubrir y, también, de "liberar" los "Dípticos" del libro: Summertime, Tiempo de verano.
#3 Arrastrando y plegando las páginas de izquierda a derecha.

viernes, 6 de enero de 2012

¡Los Libros de Fotos bajaron a la calle!

¡Los Libros de Fotos bajaron a la calle!

*Parque Rivadavia (altura Campichuelo) - Sábados por la tarde.

*San Telmo - Defensa 441 (entre Belgrano y Venezuela) - Domingos de 10 a 20 hs.


Los que quieran pasar a hojearlos,

charlar un rato,

o "interesarse" más en ellos ;)

pues ¡Bienvenidos sean!

*Además distribuye en librerías Asunto Impreso

"Los libros son como lámparas del bienestar. Sus fuentes de energía cenital irradian el color de la luz que, día y noche, siempre brillará sobre nuestras cabezas, a través de 4 nuevas estaciones y en medio del acostumbrado, oscuro y rectangular fondo."
Contratapa-Summertime

Un saludo cordial

leandro piñeiro

www.fotografiasyformas.com

blog

flickr

facebook

"Formas Zoológicas" - "Fotografías Mínimas" - "Summertime"

miércoles, 4 de enero de 2012

Capítulo adelanto del próximo Libro: "Del Fuego y el Chapuzón"

"Del Fuego y el Chapuzón"


Cuando un clima es poderoso, propicia la floración de ciertas virtudes. La atmósfera, si es sensual, se carga de creencias en las acciones. Cada marca que una ola deja en el cuerpo, señala los grados de aspersión con que se disfrutan determinados ideales y se restructuran y orientan sus brazadas y pataleos.

Pero en el mismo paisaje donde hay un orgasmo refrescante y liberador, también hay un elemento ingrato que lo mortifica y lo pone a prueba, a veces retrasándolo, otras directamente proscribiéndolo. En el mismo organismo conviven chocantemente por un lado, el deseo de chapotear en el barro, y por el otro, un prejuicio que lo posterga, secando la tierra y convirtiendo en máscara al gesto alegre.

Sin embargo, Arturo ha hecho avances en la vacilante tribulación que esta dualidad todavía le provoca. Por ello han quedado muy atrás los inviernos más crueles y los veranos más asfixiantes. También le siguieron de largo las malicias de una nieve inexistente y la escarcha de los inaugurales días de julio. En su última primavera estudiantil la gestión se fue preparando, y su idea, nacida de una imagen anaranjada y antigua, se convirtió en una máquina aceleradora de partículas creadoras. Su primera estación, y el deseo de auspiciar con ésta un comienzo distinto, le suscitaban la nueva seducción por el tan olvidado principio de placer.

Alguna vez (muy nubladamente), ya había tenido la tentación de volver a ese tiempo perdido. Pero ahora (muy claramente) le pareció, al fijar las nuevas prioridades de un cuerpo que comienza a erguirse, que el húmedo arenal que formaba la orilla de su continente estaba abarrotado hasta el cansancio de formas atractivas, sexuales, plásticas y, por ello, muy fotogénicas; además de conocer que -teniendo en cuenta la naturaleza inflexible de aquellos a los que la felicidad del agua les ha sido negada durante un extenso período- los amantes de la pose ignífuga son siempre necesarios para fijar, por contraste, una actividad terapéutica que tenga por fin un ideal de bienestar. Asimismo Arturo, a esta altura, naturalmente ya había percibido que pujaba hacia afuera la necesidad de ensayar una reinterpretación total de su atmósfera, y que por entonces un primer capítulo mojado -uno que también expresara la gratitud por los veranos más maravillosos que había vivido-, constituiría tentativamente la presentación con la que más dignamente podría terminar él de desalojar de su nueva contextura a los conceptos más áridos (descriptos en el capítulo de la vida primera). Según Arturo, la redención, el orden y la redirección de los nuevos pasos, comienzan siempre por el mar y en tiempos de verano, o en el verano y dentro del agua.

En ese instante capital de la última primavera, y aunque de manera inconciente, su alma se disponía ya a cumplir con un nuevo proyecto de bienestar total; ella sabía, en su locura infantil, que ese viaje iba a significar, mucho más tarde, la verdadera confluencia entre la imagen concreta de su primera parada y el espíritu de la profecía del recambio natural. Arturo ya buscaba a alguien muy atrás en el tiempo, alguien pequeño que lo ayudara a poner fin a una inhibición generalizada de sus instintos animales, algún niño fiel y revoltoso que le aportara, por contagio, una nueva cuota de irreverencia. Entonces, hecho el retorno, se encontraba allí un solo niño. Éste estaba rodeado de formas vivas y anaranjadas, y ya tenía en su mano la copia de una herramienta dispuesta a comenzar a construir castillos de arena sobre el mar.

Arturo, llegado justo a tiempo, habiendo realizado con éxito el mejor flash-back que pudo efectuar hacia su infancia, se bautizó pies ligeros. En el verano se mudó todo él; volvió a mirar el horizonte. Pies bailarines de la arena. Uñas incompletas pero pulidas y brillantes por la sal marina. Ojos tremendos detrás de gafas, alegres ojos, también borrachos los dos, y humedecidos en gran alegría. Bien abiertos ellos profundizaban sobre el terreno, desparramando el foco hacia todos los rincones y, sobre todo, asumiendo la mágica paciencia de poder observar, sólo mucho más tarde, las apariencias de las cosas que entre tanta amplitud y velocidad se le escabullían. Y justamente, es en este tiempo de verano que un nuevo clima interior devuelve con aplausos al niño perdido. En esta espectacular y concentrada cosecha de chispas saladas y granos de arena bien gruesa, el deseo por una figura emprendedora lo aleja de la misma calle reintegrándolo al camino del húmedo conocimiento. Pues, demasiado su alma adulta se ha deshidratado en la abstinencia líquida del continente. Arturo lo sabe bien. Mucho de más ha vivido fuera del agua, lejos de la espuma blanca y cerca del inferior invierno. Exageradamente ha adolecido llorisqueando junto a las dignidades de los consagrados guardavidas. Muy repetidamente se ha codeado cordialmente con fuerzas de distinta naturaleza. Y, en verdad, las mismas fuerzas que le aconsejaban acelerar todos sus intentos de liberación, no hacían en verdad otra cosa más que generarle, muy oscuramente, todo tipo de discordias, e interferir la vibración de todos sus procesos naturales, contaminando por ello de levedad a cada uno de los niveles de concentración necesarios para asumir la decisión final de consagrarse al chapuzón.

Luego de toda distracción espacio-temporal, tarde o temprano, siempre se encuentran el recuerdo con el niño crecido. Y cuando ésto le sucede a Arturo, le gusta estar echado donde otros niños también juegan, justo allí, junto a los primeros quitasoles de tela que se clavan profundos sobre la arena húmeda. Los poros de su cuerpo tienen ahora tan incorporada la sal, que sólo se entretiene su cerebro con los granos pegados en su piel, y lo hace sin remover una sola cosa más de su sitio. Simples átomos de luz contenida, juguetes perfectos y rabiosos son estos irreductibles granos de vida. Ellos visten a todas las cosas que hay en el paisaje, pero visten mejor a aquel hacedor de castillos que, enfrascado en una épica natural, y teniendo a los granos por ladrillos, todo se desviste en su afán de sentir el puro aire de la construcción. Su cuerpo actúa variadas metamorfosis: su brazo es como el gancho de una grúa que parece levantar del suelo a ciertas formas desmayadas de éxtasis; su mano derecha es como un salero que se agita entre picados y contrapicados salando el alimento de sus recorridos. Para este niño no hay fuego alguno que desorganice su nuevo afán de construir un lugar para sus visiones.

Y así, muy noblemente, se prestan el mar y la arena para que los estudiantes del chapuzón reciban su esperada recompensa: una gaseosa y un alfajor. En tiempos de verano como este, muchos ansían la acción refrescante y liberadora, pero algunos pocos apenas consiguen capitalizarla. Sólo estos marineritos descontrolados remontan la primera ola como jinetes incansables. Ellos intuitivamente barrenan la pista de agua, posando sus torsos lampiños sobre el agua y renunciando a las seguras riendas de los potros espumosos. Amigos del mar, y de todo lo marino, cuanto más ven la costa a lo lejos más se recrean en ella. Estos amigos del cambio crecen siempre, algunos oprimidos por grandes ciudades sin agua, otros siendo vecinos de la jungla incandescente. Son expertos en el arte de la paciencia, de la bajada a tiempo a tierras más gratificantes. La escuela del verano es la institución que, sin duda -y al mismo tiempo que se recibe la educación formal y primaria-, mejor les enseña a los niños la gimnasia espontánea de los gustos y de las aptitudes.

Y el niño Arturo es paciente. El niño no llora. El niño dice “bueno”. El niño espera. El niño viaja. Viaja Arturo ya crecido; baja a la costa azul. Mientras otras formas, endurecidas de pies a cabeza, no lo hacen, pues se ha corrido el rumor de que las olas y el viento desbaratan graciosamente aquellos raros peinados viejos. Algunos dicen: “Al lugar donde fuiste feliz no debieras volver”; pero Arturo, muy tozudamente, allí va. Sólo que ahora lo hace llevando consigo una nueva forma de registrar los hechos. ¡Claro que nosotros decimos que así sí se puede regresar! Pies grandes lo llevan a él: primero el derecho, después el izquierdo; lo trasladan encontrándose intermitentemente. Además de sostener ahora un nuevo peso, y parecer que invaden y patean, son como formaciones livianas y fugitivas que ligeramente acarician la arena, y que sin par y sin querer queriendo se escriben con luz en el paisaje cenital. En el momento de esa escritura no saben ellos del fuego gris, o no quieren saber. Los pies andan allí sin parar, en entrado estado de ebriedad, pero siempre paralelos entre sí: nunca cruzados, nunca detenidos. Son de la brisa estas formas punteras: parece que marchan por el suelo al compás de la música del sol, pero en realidad transitan el aire. Soberbios pies, ingrávidos y gentiles, andan sin pisar ninguna otra forma, pero borrando todas las líneas.

¡La felicidad de estar al borde, y traspasarlo, es una cosa que se persigue desde niño! Y siempre intentó Arturo un verano con repertorio de imágenes salvajes y al borde. Sus ojos ya has explotado de cansancio viendo la misma calle, aquella por la que continúa desviviéndose hoy el bestiario personal de todo observador excitado. Sus bestias aquí son fatigados paseantes entre la gran muchedumbre de la orilla. Estos ociosos, por su reticencia a la limpieza natural, apenas se le animan a aguas poco profundas, son miedosos del agua cuando se mueve de aquí para allá, alejándose y regresando, libremente. En su lugar, parecen ellos estar más preocupados por interpretar las contorsiones gestuales que los otros puedan efectuar respecto de sus apariencias, que de las verdaderas figuraciones que podrían encarnar, muy rápidamente, con tan solo mirar hacia el frente y cruzar la línea que divide la arena seca de la mojada.

Pero Arturo, como todo niño, ve las playas de una manera mucho más primitiva: branquias quisiera tener para irse con sus amigos al mar. En estas dimensiones, separarse de su especie por algo que él considera superior, no es soberbia, sino amor a la tierra. Del mismo modo que un animal, que un perro por ejemplo, que entiende de lugares, de afuera y de adentro, de aquí y de allá, el niño entiende esta dualidad desde lo más esencial: el agua refresca al animal, el fuego quema a las bestias. Para el niño pez, el gris no es color de nada. Los pies, como las branquias, sólo si son grandes pueden mantener al cuerpo erguido sobre la turbulencia que significa la apertura de un nuevo ciclo. Ahora, si estos órganos estuvieran contraídos y arrugados como pasas de uva, solo atravesarían temerosos, y a los saltos, la novedad. Entonces, pies grandes van y vienen, descalzos por supuesto. Tengamos en cuenta que la misma playa de la que estamos hablando, después de tantos años, no ha cambiado mucho sus formas. Y Arturo, según nos cuenta, solía desaparecer en esa gran extensión, y sufrir por ello grandes quemaduras en sus pequeñas bases con dedos. Pero ahora la misma porción de costa es recorrida y redescubierta con pies frescos y resistentes.

¡Bienvenidos! ¡Así comienza un nuevo ciclo de vida!

Sobre las pequeñas dunas de arena seca, se ven ondulantes las sombras de las largas, de esas que se ven mucho mejor en lo abierto que en la ciudad. La temperatura, aunque con tendencia ascendente, posa su virtuosismo sobre lo más bajo y mundano. Entonces, al nivel del suelo, la fiebre veraniega se llena de altura. Desde allí no se ve al cielo más que con los ojos cerrados, y un gesto esforzado del rostro que los acompaña. Postes retorcidos y puntiagudos, con muecas felices y brazos en jarra, cual nudistas acomplejados, son estas corporaciones de acompasados veraneantes. Pero los ojos de los verdaderos nudistas están bien abiertos. Los visores de los observadores desacomplejados ya están alertas, quizás también por el efecto de una embriaguez que los acompaña, ininterrumpidamente, pasado ya el mediodía e hinchadas sus dos órbitas como pelotas. Ni el sol es lo bastante incandescente como para contrarrestar el brillo de sus ojos sobresaltados de visión. ¿Puede ser un buen chico este nuevo niño extasiado en sustancias naturales? No lo sabemos. Pero, al menos ahora, mucho más desinhibido, no pedirá permiso para acercarse a sus visiones, a esas formas tan deseadas y evanescentes; de modo que así, corriendo él entre las más bellas y suaves que también buscan la húmeda orilla, podrá seducirlas para finalmente penetrarlas. Solo ellas abren el juego del placer y del bienestar. Porque es su método de acercamiento el que no necesita pedir permiso, mezclando una gota de sudor con otra gota de agua salada irá creando el escenario ideal para esta desbordante nueva realidad.

La creación es inevitable como las mareas. Cuando un ideal de frescura toma posesión de un espíritu incansable y dinámico, sólo bastan gotas de sudor y de tinta para fijarlo en páginas permanentes.

Pronto, entonces, debe el niño grande atreverse a correr atolondradamente hacia el agua, desafiar al frío y al miedo, jugar con los delfines imaginarios y tragar las algas destejidas por la rompiente. ¡Arturo: tanto le temes al agua, que al fin sucede! Y debes comenzar a correr atendiendo también a las obstrucciones. Porque aunque algunas formas que no gustan del chapuzón se hayan quedado en la dureza del continente, igual intentan desde allí poner trabas en los caminos costeros, y minar de obstrucciones todas las pasarelas generando, inconcientemente, olas de venganza que acechan a los que, perdidos entre ellas, desean volver al agua algún día.

Pero a pesar de los escollos, las trabas y las manifestaciones corporales menos instructivas, los nuevos cánones ya han llegado a esta costa marina y, aunque anónimos a la gran masa de gente, ya están ondeando de frescura, azulados y resplandecientes. Mientras tanto, formaciones familiares caminan en fila (como en una escena fantasma), desaforadas por aprovechar la puesta del sol fuera del agua. Ellas con todo derecho deciden, provechosamente para nosotros (pues generan mayores espacios), abandonar el día mientras en la playa todavía se inauguran carreras hacia el mar. Estas formas que corren, constantes hasta la desaparición del último haz de luz, saben bien que de noche el fuego no ilumina fuera del agua, saben que el fuego no da respiro a los actores del verano económico. Donde hay dinero en grandes cantidades, y durante un lapso corto de tiempo, cada cual atiende su juego, o su fuego. Y así gira la rueda del otro verano. Fuera del agua todo es adornado por la inocencia de la cultura de la exageración. Ni la mejor montada comedia surrealista ha podido hasta hoy empatar este poco sutil festival de estación.

Ahora bien, a los cuerpos que reptan duros sobre las dunas (cual peludos perezosos y empantanados), a los que no oponen resistencia al avance del más oscuro y nebuloso reinado de la renuncia, a los que no son capaces de moldear con sus manos una gran bola para arrojarla al mundo, a todos ellos los persigue una mordida que almuerza sus articulaciones casi por completo, dejándolos casi sin tracción hacia el agua. Éstos, yacen entre los granos, detenidos. El mar por la noche deberá ocuparse de ellos. Pero, a pesar de la fascinación por el falso placer que generan estas roídas de la sombra, algunas formas logran como pueden incorporarse y desembocar en la orilla; y, aunque amputadas ya de alguna que otra facilidad, es decir, de un brazo o de una pierna, preparan solas el chapuzón mientras otras necesitan la ayuda constante. En este mundo asistencial, una forma frágil porta en su anverso un cuerpo en lasitud y, sostenida -o quizás apuntalada- por otra forma robusta, también reclama ser su propio chapuzón, estar en la lista, volver a ser, aunque sea en la ficción, la chispa inocente y sobresaltada que supo ser en su juventud. Esta forma, que en apariencia decae, pero que en los papeles demuestra querer ser pura vida, es pura intención; a pesar de que, muy oscuramente, sus familiares imaginen para ella la solución final al fuego de su tercera edad. Pero siempre hay tiempo. Esta forma quiere comenzar, aunque sea tarde, a parecerse a lo que su inconciencia siempre supo que era: agua para lavar y lavarse, agua para fluir y salpicar, agua para poderle al fuego. Entonces, quejosamente pide, exclama, aunque sólo pueda animársele al mar no más arriba de la línea de sus tobillos. Quizás la suerte-muerte de su cuerpo esté ya echada. De desplomarse ahora sobre aguas poco profundas el océano, en aproximadas 6 horas, se haría cargo de ella. Quizás con su muerte haga lugar a las formas más jóvenes y pudientes.

Lo interesante de todos estos movimientos, es que la sobreexcitación de la muchedumbre sigue reproduciéndose en sí misma, y lo hace al mismo tiempo que se reprime y se lesiona. ¡Y a este freno de no traspasar el borde por montones llaman virtud! A este fuego que quema todo lo destinado a rodar llaman virtud estos sujetos: indignados ante la más grande incomodidad particular, a veces afortunadamente recompensados dentro de los primeros casinos que se levantan fuera del agua, pero indignados nuevamente al bajar a la playa y verse clonados en enormes muchedumbres! Así es como algunos abandonan el mar central por playas ubicadas más al sur, y lo hacen con todo derecho, pues el creador ha construido caminos de asfalto entre los bosques para que el hombre del verano pueda utilizar montado a su rompe-huesos. Pero, qué más da: ¡pasionales fuera del agua! Estos recargados en dureza no tardarán mucho en convertirse en animales de piedra, y hastiados de su virtud inmóvil y fotogénica pedirán mucho más que agua para refrescarse y ablandarse, ¡reclamarán el fuego absoluto y calcinante, poniendo el aullido en el aire de todas las ramblas!

Mientras el continente contiene como puede la proliferación de incontables niños que desarrollan un espíritu destructivo, en el mismo plano el niño Arturo, peinado al estilo punk, da con sus manos delicada vida a dos copias de cochecitos. Él adopta las copias como representantes de la realidad (aunque a escala pequeña). Y atendamos esta escena, porque lo que sucede puede ser para los adultos una verdadera lección de vida. Agachando su cabeza hasta el nivel de la mesa, y colocando su enfoque sólo en el girar de las 8 ruedas, este piloto alegre jamás los deja caer al suelo, ni los hace chocar entre sí. ¿Y cómo a este niño no lo va a acompañar ya un destino de grandeza, un impulso incontenible de bajar a la playa para correr y ganar todos los grandes premios? Sus dos autos, locos y tridimensionales, están separados, respetando la distancia necesaria según sus velocidades, y por eso se acompañan cordialmente. Y es en esa distancia cordial, en ese espacio vacío que queda en “el medio”, donde Arturito descubre su propio espacio de bienestar y de triunfo, y se llena nuevamente de un sentimiento heroico, del cual le será muy difícil desentenderse el resto de su vida.

Y el barro… El barro carga de manchas a las formas, carga de humedad a todas las cosas, se muevan o no; porque sobre él se posan, pretenciosos y acumulados, los numerosos hombres, canes, guardavidas y marineritos de este verano feliz. Cualquier niño se retuerce bajo condiciones impuras; por ello necesita desatarse, nadar, chapotear, sentir que tiene dominios en el mundo de los cuatro elementos. Un niño necesita agua en grandes cantidades. Diariamente debe entrar en comunión con todos los elementos de la naturaleza. Pues sus bríos le ayudan a equilibrarse, y a planificar mejor sus próximos movimientos. Para el niño Arturo, la ciudad natal igual lo cobija. Repleta de todo tipo de agresiones, ruidos, malos gustos, poluciones, energías oscuras y desequilibrios dinámicos, ésta lo desborda por un estímulo que, a su vez, lo lleva a crear nuevas opciones y adelantamientos respecto de las novedades que ni siquiera todavía ha publicado. Es sorprendente, y enigmático a la vez, el hecho de que mientras para algunos niños la ciudad es una gran hoguera donde sus espíritus vulnerables se queman irreversiblemente, este mismo entorno sea para Arturo el aliciente perfecto para estar adelantado respecto de sus propias nuevas ideas líquidas.

El pequeño pero gigante Arturo, chiquilín como de la altura de las tormentas de bañadera, desenrolla en la playa su fino hilo, haciendo subir su ligereza al cielo como un cometa, y caer su espontaneidad dirigida al suelo como un rayo imperceptible. Su cielo es gris, su fondo absoluto y parcial. Los últimos días de película, emborrachado de un sol continuo que no se ha ocultado desde el primer día de registro, camina la orilla sabiendo que nunca más será el mismo al regresar a su rectángulo. En un espacio para celebrar esta transfiguración, sus pies también son como rayos que se clavan como velas en la superficie, e iluminan como mil estrellas un cielo que muchas veces es de arena y muchas otras de agua. Ahora, ¿cabrá la posibilidad de que este fuego no esté hecho para aprisionar a las formas libres, ni para exterminar a las formas podridas en dureza, sino para que queme todos los tipos de pies, y Arturo no cese por ello de alternar sus jornadas circulares hacia aguas poco profundas? Pues, la vida se renueva allí, en esas apta-para-todo-público profundidades. Tranquilos los corredores de esta arena, desoyen el rumor de la calle. Aquí poco interesan los estruendos perfectamente maquinados. En este reservado se suceden verdaderos encuentros personales y extraordinarias odiseas del deseo. Dos formas usan sus manos para seguir incorporando naturaleza a sus más reprimidos estados continentales; éstas aplican remolinos de placer barroco sobre la piel, firmes pinceladas expresionistas. Todo tiene un aspecto sexual e infantil en esta orilla, es simplemente inocente y subyugante a la vez. La atmósfera veraniega rebosa tanto de la materia blanca como de la negra. Tal como se comportan las nubes bidimensionales y las sombras perseguidoras que acechan.

Ahora bien, a pesar de haber sido registradas en el mundo de los hechos reales, en verdad estas formas son para Arturo como figuras culturales que se dividen en dos grandes corporaciones: la primera sería la de las vaporosas, que nunca encuentran sus volúmenes finales; y la segunda, la de las cenicientas, que nunca encuentran sus verdaderos principios de bienestar. La primera es puramente contradictoria, pues, del total de las partes que la componen algunas pujan por tener controlado al fuego, y otras por tener el valor del agua. La segunda corporación es exclusivamente concluyente, pues, todas sus partes por igual ya saben que su concurso es el fuego, y su efecto la aridez sin tiempo. Para esta corporación sólo hay un elemento. Hay algo que llamamos antes el bienestar de las formas, y es justamente por la aparición de este concepto general por lo que la figura de este tiempo de verano no se enmarca en el espacio tan sólo para señalar la oposición entre lo auténticamente natural y lo artificial de la urbanidad civil. Es decir, aunque haya urbanidad en la cercanía de la arena, el recurso natural que sirve de escenario para este verano, antes de ser un vehículo moral es más bien un vehículo para abarcar todo el abanico de posibilidades creativas. Esta naturaleza puntual interesa primero como forma de calesita que hace girar los móviles de los deseos más frescos y juveniles, y después como meca para el atractivo y pintoresco reposo con pose. Su paisaje, eclipsado por la presencia que tienen las formas humanas que él ve en primerísimo plano, es como un fondo que está a veces demasiado fuera de vista como para traerlo, y otras veces simplemente demasiado visible, solitario y recortadamente puro respecto del primer plano, pero nunca abstraído de su pregnancia. Y nosotros, cuando chicos, también tuvimos el bienestar del que Arturo nos ha hablado durante esta primera parte del ejercicio, sólo que no éramos tan concientes de su contrapartida como ahora. Pues antes existía, en nuestros pequeñísimos modos de ser, un bienestar en una sola forma: la de ser chicos. La inocencia del infante es por entonces una forma pequeña que no tiene por qué conocer esta dualidad conceptual.

Y es así que, en este tiempo de verano, el cuerpo, acometido por las insidiosas llamas grises, es un habitáculo reversible. El adentro esta por fin en el afuera. Y así, comprometiéndose con el medio y encarnando todos sus estímulos, se puede ver el afuera para volver a ver hacia adentro. Ahora se siente el calor en el aire y no, como vimos que sucedía en la vida primera, en el fondo del cráneo. Este dar vuelta la piel borra las llagas, desvanece los indicios del prejuicio paralizante y desanda el camino simbólico que antiguamente llevaba al desciframiento de una imagen miedosa, pesada y cenicienta. Nadie más que el agua congela la irreversibilidad del efecto del fuego, nadie más convierte a la imagen pasada en un nuevo enigma: campo lúdico enteramente húmedo y oleaginoso. Porque justo el agua es quien no sabe conservar las huellas, quien es informal e indiferente a las líneas, quien nada tiene que hablar con el fuego, porque justo es todo fondo. El agua, como unidad informal, brinda amparo a todas las figuras mojándolas de pasatiempo, y liberándolas del sentido de “atención” que éstas tenían en su estado más urbano, justamente, por marchar inconcientemente al ritmo de la solicitud cultural. Pero es el fuego quien quiere hablar con el agua. El fuego es quien busca siempre la entrevista.

El fuego, en su interés desmesurado, es una feria de vanidades que vuelve sordo, mudo y ciego a todo lo que se ofrece en ella. Y este es un fuego que, en su levedad, nunca termina por reducir a sus víctimas a cenizas, pues su intensidad también carece de compromiso y poder de hogueras. Entonces la razón del fuego no termina de definirse en su asunto destructor: ni sube rápidamente hasta el cielo ambicionado quemarlo todo, ni se apaga lentamente hasta el suelo renunciando a su motivación. El fuego es gris. No es blanco como la luz del gran mediodía, ni negro como la pérdida del sol al anochecer, tampoco es negro claro: no tiene tinte alguno de claridad. Su pared es gris, pero no es diáfana: gris, gris, como la costumbre continental y citadina. Es un fuego conocido el gris en este tiempo de verano. Su desagrado esta por delante y por detrás; su indicio está a derecha y a izquierda; su fuente está abajo y arriba: quema de a poco, envuelve, y no es un fuego exclusivamente en el cuerpo, también seduce a la conciencia. El fuego es definitivamente gris. Y gris es la ausencia de toda determinación, de toda dinámica. Y gris es la presencia de la incoherencia. Atención con esta descripción. El gris es la inercia provocada por el color negro, es decir, la pura resistencia a la capacidad de ser blanco y puro; y, además, es el negro bajo la influencia de las drogas. En el gris las fuerzas de todas las cosas están a mitad de camino: ni resueltas a girar ni muertas de quietud, sino pendientes, reacias a definirse. Por ello la naturaleza del gris es la viscosidad de la resolución: el empantanamiento de todas las hipótesis de bienestar. El gris no tiene el motivo del color blanco, ni siquiera del negro. Seguro que no lo tiene. Asimismo, cuanto más oscuro es este gris más se dibuja sobre él, aclarando, la esencia de la niñez y la figura que expande sus brazos como dándonos la bienvenida. Pero como en este tipo de gris también surge el descanso, algunos todavía hoy lo aceptamos como una forma de indiferencia hacia el color negro. Por suerte, o por compromiso, al mismo tiempo, sobre un fondo oscuro, rectangular y acostumbrado, un haz de luz anaranjada irradia salud hacia fuera, justo allí donde el humo gris la encapsula hacia dentro, intentando neutralizar su brillo.

Con seguridad queremos al gris. Con seguridad lo necesitamos al gris. Y Arturo lo necesita, pues su acumulación y repetición recarga aun más la atmósfera necesaria para propiciar la más grande y desatada corrida hacia el agua, y el estallido del color. El infierno, en este tiempo de verano, es estar solos, grises. Lo más probable es que el fuego evapore a las gotas solitarias que flotan, pero éstas si se agruparan en grandes cantidades extinguirían todas las hogueras y barrerían con todas las cenizas.

Pero aclaremos una cosa sobre esta dualidad. La corporación que se seca sobre sobre las dunas, y sobre el cemento, no es enemiga de la corporación más blanda y espiritual que desbarata la orilla. La última, sin duda, sigue humectada por la gran masa de agua todo el año (aunque sea metafóricamente hablando); mientras que la primera, sólo se humecta para la ocasión. Ahora, si nadie nos salva de convivir durante gran parte de nuestras vidas con este color, ¿qué podemos hacer entonces para refrescarnos aunque sea un poco?

Todo el mundo posa, imposta o aporta una mentira mal extinguida. ¡Pero qué lastima andar así bajo el sol, veraneando, marchando!, ¡cuántas veces dando pasos con los pies quemados por no correr, rectos de dolor con la conducta de un soldado de playa! ¡Y cuánta agua del otro lado!, ¡cuánto barro azul intentando hacer el amor con nuestras plantas! Sin embargo, durante el día nos acomodamos en la arena de la cultura y, si nos quedamos dormidos, nos consume un infiero por la noche. ¡Así nos volvemos áridos!, ¡ignorantes de cualquier resolución! La dualidad en verano es compleja. Cuántos luminosos motivos hay en el agua, traspasando la línea donde nacen las primeras olas, para seguir nadando hasta la otra orilla; y, al mismo tiempo, cuántas trampas instaladas en el fondo esperando trabar amistad con nuestros huesos. Correr hacia el agua es como esperar una nueva hora para nacer. Quedarse en la arena es como secarse del todo. Porque, si no se puede con el fuego, primero uno se vuelve arena, después se vuelve fuego, y ya no es uno en su elemento, sino que es al fin el lanzallamas de la cultura.

Por otra parte, el chapuzón no se conforma con la difícil y sistemática misión de eludir o de enfrentar a su enemigo lumínico (y lo caracterizamos así puesto que ambos elementos iluminan, cada uno a su manera, para bien o para mal, los distintos recorridos que realiza el alma humana en post de su supervivencia), sino que al mismo tiempo la acción se consagra al cumplimiento positivo y presente de la felicidad veraniega. La felicidad siempre sobreviene al chapuzón. ¿Qué significa entonces esta acción sino sacar el freno y acelerar, oxigenarse con la sangre nueva? ¡Amigas, amigos: el chapuzón es un PLUFFFFPLÁFFFATELE! Es sacarle la lengua a la lluvia, retirarle el gesto de complicidad al payaso de turno, negarle la mano al concupiscente, zarparle el hacha al verdugo justo en el momento decisivo, agrandar los ojos mirando directo al sol. Entre muchas otras cosas. El hacedor incansable, por ejemplo, se da el chapuzón todos los días en su taller cuando piensa y produce nuevos niveles de soluciones, tanto teóricas como prácticas. Y esta gimnasia de producir favorece el éxito y el dinamismo tanto de las empresas mentales como de las materiales. Y sobre todas las cosas, darse un chapuzón es recordar los motivos de los primeros chapuzones, querer rememorarlos uno a uno, llevarlos adheridos junto con el sol anaranjado, la arena gruesa y la sal, a la humectada y nueva piel.

También se da un chapuzón aquel que, en la proximidad del las mesas del juego, no atiende el llamado del lucro fugaz, justamente para no entorpecer la suerte de aquellos veraneantes que lo buscan sólo fuera del agua. Y así su figura, que gira y gira, cada vez es más grande, pues nunca pierde ninguna de sus células, sino todo lo contrario, absorbe ganancias; y sin que los dueños del dinero feliz lo noten, su figura rodante abarca cada vez más números y, por ende, probabilidades de triunfo. La fortuna es algo que se consigue trabajando, arriesgándolo todo, todo el tiempo.

El chapuzón (ya no en sentido metafórico sino más bien como actividad innata que la materia realiza por necesidad) también se abre camino entre todas las búsquedas, para anotarse como una cosa más que busca su propia verdad blanda. Es decir, excluyentemente se da un chapuzón aquel que, conciente o inconcientemente, necesita dárselo.

Ahora, inmersos en la atmósfera de este regreso en el tiempo, en los dominios de esta acción refrescante y liberadora (acción que todos sabemos se practica fervientemente en este verano, pero que no es propiedad exclusiva de él), es imposible encontrar rastros de un mecanismo dispuesto a la represión del deseo. Pues esta acción acuosa, nacida de la misma comunión placentera con la materia líquida, no sabe aún -en su capsula de embarque hacia su activador- de esta tan embarazosa dualidad cultural fabricada por el instinto psicológico del humano.

Pero cabe señalar que, a medida que este tiempo perdido recobraba en imágenes una relación cada vez más intensa con los ideales del comienzo de un nuevo ciclo, se hacía más y más distante a la vez la relación que guardaban sus más nobles enfoques con el prototipo de la imagen pintoresca de las vacaciones. En ese lugar diferente la humedad producida por una mano araña -que apasionadamente se relaciona con su objeto- fue cubriendo todo el sentido, y fue desplegando la caravana de miradas visionarias hacia todos los rincones del paisaje.

Ahora bien, nosotros conocemos largamente la fuerza y los efectos del fuego, tanto como conocemos la fuerza y los efectos del agua, entonces es aprovechándolos del mismo modo, pero con desigual industria, que nos hacemos compañeros de la naturaleza de la fuerza que los dirige, pareciera, al primero más sobre nuestras cabezas, y al segundo, sobre nuestros cuerpos. Por estas disímiles intensidades que fluyen en ideales o atacan al cuerpo social, es que la costa rociada de humedad esta en plena disputa. Por ejemplo, embravecido el fuego pasando la primera línea costera, allí fuera del agua, presiona a los peatones desentendidos del agua a colonizar la gran ruta serpenteante de suelos movedizos, pues en su anchura esta parece ser la única solución existente para el alivio. Por esta actitud del clima particular y universal, todo el tiempo, sobre todo en verano, llegan nuevos cadáveres que la sal debe resucitar; todo el tiempo de verano, sobre todo de día, llegan nuevos vivos que el mar debe entretener; todo el tiempo, que es cada segundo, se erigen sobre las pequeñas dunas y el cemento nuevos indecisos del chapuzón que las medusas de arena seca deben espolear y despabilar. Así el movimiento playero se torna harto complejo, y mucho más cuando la fiebre supera los 37°, provocando que hasta los peatones sobre ruedas quieran encallar sin escalas en la orilla.

Es difícil cuando uno se quema de adentro hacia afuera. Para curarse uno lleva al agua todo lo que puede, todo lo que tiene y todo lo que es. Uno lleva todo el tiempo de verano que es verano, todo el tiempo de verano que aun no es otoño, todo el tiempo de verano que tampoco es invierno y todo el tiempo de verano que ni siquiera es primavera. ¡Pero este verano ha llegado justo a tiempo para quemar a la bestia! En algunos casos, en un tiempo de verano se concentra mucha más vida y movimiento que en toda una existencia mal dirigida, o dualmente ejercida.

Una vieja forma se pregunta: “¿Cuando desaparecerán estos grises nubarrones?”, mientras debajo de ellos Arturito, despreocupado, moldea una bola con sus manos y se divierte, justo cuando el denso nubarrón parece estar a punto de explotar y descargar, sin piedad, sus rayos sobre sus congéneres. “¿Cuándo se abrirán las puertas de los clausurados camarotes?”, se pregunta otra forma que no se anima a desgarrarse de la represión, y a independizarse de las mareas sistemáticas. Y hablando de puertas, se ve una muy grande instalada magistralmente justo sobre esa línea costera. ¿Y qué sucede con ella? Pues, si no la abrimos, nos disponemos al placer del agua como si la orilla fuera un borde que estamos condenados a no sobrepasar. Si no la abrimos, nos condenamos al trabajo forzado, el mismo al que la mar pareciera estar condenada de por vida por tener que drenar, durante la noche, toda la basura del día, y barrer también de la orilla los restos y consecuencias mortales de los chapuzones mal gestionados. Todo más allá del borde esta pintado de un color anaranjado, pero todo más acá es incertidumbre. Imaginamos que de abrirse esta puerta, un sol de este mismo color representaría mucho mejor la idea de la atmósfera alegórica que un sol tibiamente tornasolado.

Entonces, como para hacer ya mismo un auténtico retrato del espíritu playero, -o si se quiere veraniego- nos preguntamos, ¿a quién se parece más el sabio que Arturo busca en este tiempo de verano? ¿Se parece más a un niño desinhibido que entra y sale del agua tiritando, corriendo en busca de una toalla?, o ¿se parece más a un adulto con llagas en las manos y, por ello, un problema muy grave de apertura?

Como sea, ¡hay que interesarse realmente por algo que en su naturaleza sea definitivamente cálido y líquido a la vez! ¡Pero cuidado, quizás no haya que mojarse de golpe! ¡Quizás tampoco haya que atravesar esta puerta de un solo movimiento! Debemos, en todo sentido, creer antes en los austeros e inconmensurables estudios y gestiones de los aspirantes al chapuzón. Creer en sus irreverencias y voluntades, así como en sus tempranas conquistas, es acompañar al mar por las noches y ayudar a la limpieza de este "santuario de desechos". Interesarse por sus más delirantes tesis de bienestar, es quitar tintes oscuros y dar un respiro al próximo amanecer anaranjado (pues, hipotéticamente, menos basura sería mal arrojada por los estudiantes ante un escenario cada vez más transparente). Condonar sus deudas sería exagerado. En algunos casos, robar a ricos para becarlos también lo sería. Simplemente dejémosle profesar a los futuros marineros sus barrenadas al ritmo de sus propias mareas. Démosles una mano, una cuerda, un faro, para que puedan, con este último tirón, terminar de traspasar el borde para conocer cómo es la vida del otro lado: ese que no existe cuando estamos fuera del agua, ese que quema, que mata de a poco, que es aridez sin tiempo.

¡Ojo! Sin irreverencia tampoco se debe acometer contra los instituidos acantilados. Que el agua joven y torrentosa gane espacios al continente, y no al revés. Que esta batalla este en manos de los sabios remolinos, de las grandes tempestades, y no de los surfistas de temporada que practican su pasatiempo sólo de cara al continente. El niño que tempranamente se ha marchitado en el fuego, ya en su adolescencia se vuelve un apático surfista de las dunas. ¡Y cuidado con ésto! Porque cualquier resentido de la arena, cualquier caído de la pequeñísima ola se convierte en chispa en tan solo un instante. Y así es como cualquiera causa un infierno innecesario, un pandemonio en el que muchos acaban por consumirse involuntaria y precozmente.

Visto y considerando, ¿cómo se salva entonces un niño del fuego que flamea su mandato de imposibilidad, y que además, en cada tropiezo, aguarda agazapado entre las sombras?, ¿cómo hace para enjuagarse los trozos de piel quemada, el baño de combustibles y las infecciones urbanas que ya ni la sal marina pueden raspar?

Pues, Arturo no se escapa.

Si el hombre no es un gesto del agua, ¿qué es entonces?, ¿quién lo ha propiciado? A esta génesis los niños la recuerdan mejor que nadie. Igualmente el niño no se resigna a no enfrentar al fuego; quiere quemarse porque quiere aprender a ser más fuerte y resistente. Así él, a medida que crece, y crecen también las llamaradas, se acostumbra al desafío y acumula quemaduras en todo su cuerpo. Pero también descubre que el fuego tiene cualidades orientadoras, virtudes que, de juntarse todas y quemar con insistencia sobre un mismo punto sensible, harían al niño querer correr sin escalas hacia el agua.

El niño se ve hoy seducido tanto por las atracciones de la amontonada forma continental, como por la misma cercanía de estos inmensos piletones. De la primera seducción, que se extiende mucho más en el tiempo que la segunda, podemos inferir que la utopía húmeda se agranda durante el sueño a medida que su vigilia va perdiendo contacto con la fuerza real del mar.

Ahora bien, para que ésto no suceda así, ellos sienten en realidad, a través de sus vibraciones energéticas, que su sociedad debería organizarse de otro modo para bajar a la playa. Quizás por esto mismo esté allí el escenario perfecto para que Arturo pueda hacer realidad su alegoría de la puerta giratoria. Resultaría muy interesante imaginar tanta cantidad de personas entrando y saliendo de ella: algunas decididas al cambio, otras purificándose constantemente, aprovechando la cercanía de este sanatorio-giratorio pero sólo con el fin de hacer lugar para volver a contaminarse. O quizás no, quizás el lugar no sea tan abajo, sino mucho más arriba: en la cumbre más alta del continente, allí donde anidan los pájaros, los que saben volar, allí donde lo mundano no es más que un efímero recuerdo. ¿A ese lugar tan elevado llegarían algún día los peregrinos resueltos a la empresa del gran bienestar?

Pero como por ahora es sólo imaginar, volvamos rápidamente al análisis final de esta extensa y compleja red de relaciones que dan vida a la dualidad que nos ocupa. La primera fase de este comienzo es sortear el efecto del fuego en medio del verano más extremo. Aquí la conciencia de libertad indica una particularidad que faltaba en el inicio de la vida segunda, y que ya no es difícil de explicar, pues su intención ya ha tomado verdadero contacto con el agua. Nosotros ya sabemos eso, porque nos ha salpicado. Arturo nos ha dado de probar la primera porción, la primera estación. Por esa prueba contundente es que los compañeros estamos convencidos de que, mediante este renovado chapuzón veraniego, se aproxima un ciclo adulto muy importante, tanto del pensamiento como de la historia del cuerpo; un nuevo ciclo en el que Arturo abandonará una actitud de estudiante oprimido, para adoptar finalmente otra inercia natural: la del practicante atento, un sujeto que se consagra, sin pudores ni reservas, al placer del agua salada y a la pureza de sus propiedades, tanto como al trabajo sistemático de seguir dando las brazadas y pataleos que sus ideales le soliciten.

En esta etapa lo psicológico y lo fisiológico se reunirán seriamente. Así es más fácil elaborar un proyecto para que la distancia entre la cabeza y el cuerpo sea acortada de una vez y para siempre.

Pero varias cosas más se necesitan para llevar adelante el proyecto del bienestar en este comienzo de las 4 estaciones. Como acompañan siempre fisuras lógicas y pinchaduras metafóricas en los extinguidores responsables de combatir las llamas, son necesarios por ello rellenos constantes, vitaminas reales dentro de la cantimplora que habrá de nutrirnos durante el viaje (al menos mientras se suceda esta épica de curaciones y de nuevos intentos).

Arturo ha necesitado diez años para conocer los efectos de este fuego gris para, finalmente, llegar a esta orilla para comenzar a nadar, pero ahora por encima del agua, diez años más para estudiar los beneficios del chapuzón. Según su teoría, en este mundo mitad animal y mitad cultural, en diez años se aprende algo bien, es decir, se lo conoce para rechazarlo, o para aplicarlo de manera más conveniente. Se conoce para entender, se conoce sobre todo para sentir. Así se aprende a mirar con la lupa más de cerca. En una década se obtiene esa visión periférica tan necesaria para empezar a preparar con seriedad la creación puntual, a la vez que se la comienza a reproducir.

Ahora es que Arturo, tras prolongada alternancia entre el buceo y la hibernación, y observando los efectos climáticos de la presente reinterpretación atmosférica, además de disfrutar ya un cambio en su respiración y en sus articulaciones, piensa con alegría en el fantástico hecho de que su vida segunda transcurrirá en lugares más heterogéneos, más mundanos. Y pensando un poco en los primeros y adelantados resultados creemos: qué vertiginosa e innecesaria -y a la vez tan escueta- sería una imagen de la orilla obtenida en un movimiento a vista de pájaro, cuando en verdad el arácnido de piel húmeda y bellos dorados consigue, estando a la misma altura de las formas, hacer flotar a la visión que ella descubre entre la espuma de las olas; logrando además, gracias a su pericia intermitente, mantener en pié las ganas de capturar, en una sola y seca imagen fija, a los innumerables fotogramas que componen un solo paisaje social.

Con una nueva forma de registro se alcanza la felicidad del niño anterior. Con un anónimo y renovado punto de vista es reemplazada la nostalgia por una juvenil experiencia; sólo vasta un gesto de silencio, seguido de un movimiento imperceptible. ¡Atención!, ¡atención!, ¡hagamos silencio! ¡Atendamos! A veces hay que cerrar los ojos y acallar la mente para poder caminar hacia adelante. No debemos tener terror. Hay que entender que la naturaleza es sabia por poner, de manera rotunda, nada menos que a una masa líquida tan segura de sí misma al final de nuestros zigzagueantes recorridos.

¡Atención nuevamente! Demos transporte y merienda a las formas más blandas y espirituales. Ellas vienen marchando desde lejos, sigilosas y taciturnas. A la juventud de cada tiempo debe facilitársele la llegada al mar, si quieren los árbitros de las regiones que las contienen procurar una pronta recuperación anímica, espiritual, y hasta estatal, y un vigoroso aumento de la creatividad, del pensamiento y de la justicia de la humedad social.

La juventud no debe pedir permisos ni repartir consultas si desea incursionar en ideales desiguales a su tiempo, tampoco debe pedir pista para traspasar las líneas y volar más allá de lo que lo han hecho aquellos que la precedieron.

¡Amigos nuestros: para ser genios en la vida, hay que saber jugar bien a algo!

Ahora, si así no lo hicieran estos jóvenes hacedores, practicando en su lugar el deporte de la inconsistente y temerosa pregunta, habrán de quedar para siempre divorciados del recuerdo que les pinta el color de sus propias infancias, y serán siempre formas que envejezcan, tal como lo han hecho las que sólo han podido asumir la responsabilidad de conservar un malestar.

La juventud de cada momento debe crear las reglas de su propio tiempo, y éstas deberán ser mínimamente preclaras. Pues, mensajeros del buen interés son los que enérgicamente no retroceden ante el avance de las temperaturas más altas; comisionados de un ideal dinámico son los que con lúcida y sólida pisada en los espacios comunes no se horizontalizan ante las dulces mieles de los alojamientos continentales; administradores del mar, y de todas las concesiones que crezcan alrededor suyo, serán los estudiantes que renuncien al fuego de olvidar sus recuerdos; delegados del bienestar serán por ello los adultos que corran (pero esta vez como niños grandes e irreverentes) a encontrarse con el chapuzón refrescante y liberador.

Es misión del hombre memorioso, joven y visionario consumir al menos algo de sus energías en dar empuje a las formas más temerosas y faltas de visión, y llevarlas cerca del agua a lavar sus ojos visores de obstrucciones tradicionales. Y es misión de Arturo tomar este ejemplo y comenzar a ofrecer al menos una toalla húmeda y, si se le permitiera, también mensajes de experiencia y de limpieza a estos visores totalmente cubiertos de finos y duros granos de piedra y de metal.

Todos debemos ayudar prontamente, con las manos y con los ojos, pues a cierta altura, en el atardecer del hombre de verano, esta forma de ceguera se vuelve irreparable. El horizonte, para todos los que puedan despejar sus ojos de estas obstrucciones, para todos los que lo contemplen tanto desde el agua como desde el continente, el horizonte amigos nuestros en “el medio” se dibuja para todos.

Y hay que guardar las vidas en estas playas imperfectas, no solamente auxiliarlas en casos de emergencia. ¡Hay que guardar las visiones subdesarrolladas para que juntas puedan reproducirse a futuro! Los consagrados guardavidas, a demás de cumplir con sus obligadas tareas de rescate, deben mantener girando esta compleja estructura de cuidado de las formas. Ellos deben, primordialmente, utilizar sus dos ojos, cual binoculares, para identificar las formaciones diletantes al líquido y acompañar, de entre todas sus iniciativas y propuestas, sólo a las más elaboradas a chocarse contra las olas para mantenerlas despiertas a su tiempo. Además, deberían ellos por carácter y experiencia, en lugar de confundir al los estudiantes con sobrecargas del ayer, modas y falsos prestigios, levantarles el ánimo, y saber contagiarles la creencia de que sus deseos más ambiciosos podrán cumplirse, pero sólo si así lo quieren y, paradójicamente, trabajan incansablemente para que esa ambición no sea desmedida, no termine en malestar.

Lo sabemos ya. Reglas son las que se rompen nadando sabia y épicamente. Bordes son los que se traspasan con los ojos abiertos o los ojos cerrados, pero siempre concientemente. Quienes no pueden romper las reglas son aquellos que más discuten sobre ellas. De bordes hablan los que nunca bajan a la playa, porque ellos son quienes fotografían las barreras que se levantan entre el mar y las ciudades.

Nosotros no cesamos en nuestro intento de reconocer y auspiciar este nuevo tiempo para todos. ¡Hay una nueva génesis climática detrás de la gran puerta! Sabemos que mucho ha crecido nuestro cuerpo de este lado, en el continente, y sabemos lo que cuesta que nuestro presente tenga algo del mismo color vibrante que ha tenido nuestro pasado, si es que lo ha tenido.

Sabemos además que una vez ganadas las simpatías por el bienestar, el aire salvaje de la orilla levantará y acompañará siempre a las formas decididas a atravesar este difícil cambio. Por ello, el futuro de nuestros niños interiores dependerá de una constante floración del interés por el chapuzón.

¡Arturo: sin ideales líquidos no puede existir tal florecimiento!

Si nosotros no asumimos aquí y ahora esta húmeda iniciativa, pues no nos queda más que declinar grises, renunciar a la corrida y, así, permanecer fatigados y oscuros sobre el hormigón, ¡que ni siquiera es la pura tierra!


"Del Fuego y el Chapuzón" (Cap. XIII - Parte Primera - "Arturo").

Capítulo adelanto del Libro: "El Comienzo de las 4 Estaciones" (1er. ejercicio teórico) por Leandro Piñeiro

*Véase Libro: "Summertime" Tiempo de verano